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Obras de teatro listas para montar, estudiar o interpretar — acceso digital inmediato.

  • Una voz atraviesa los siglos. No grita… advierte.

    Desde los templos del antiguo Egipto hasta los cerros de Chile contemporáneo, Las Copas de la Ira despliega un viaje brutal por la historia humana, donde cada época revela la misma herida: la incapacidad de escuchar.

    Un faraón que teme a su propio linaje.
    Un niño que presencia mensajes divinos que anuncian el fin.
    Un marginal que transforma la violencia en destino.
    Un oficial que convierte el horror en rutina.

    Y por sobre todos, un profeta que ha vivido mil vidas… y que sigue hablando, aunque nadie quiera oír.

    Esta obra no ofrece consuelo. No promete redención fácil. Es un espejo oscuro donde la humanidad se reconoce —o decide no hacerlo.

    Con una estructura fragmentada, poética y profundamente política, Ramón Griffero construye una pieza que no narra una historia lineal, sino una acumulación de advertencias. Cada escena es un golpe. Cada personaje, una señal.

    Aquí no hay héroes.
    Solo testigos del derrumbe.

    Y tú, espectador…
    ¿Escucharás esta vez?

  • Una tierra dormida.
    Unos hombres que deciden despertarla.

    “Viva la República” no es solo una obra histórica: es una explosión de ideas, cuerpos y sueños en medio de una colonia que no sabe que está a punto de quebrarse.

    Desde Europa llegan palabras peligrosas: libertad, igualdad, razón. Pero al tocar América, esas palabras cambian. Se ensucian con barro, con sangre, con deseo.

    Tres hombres —un soñador, un ambicioso y un estratega— se atreven a imaginar lo imposible: una república en un mundo donde todo pertenece al rey. No tienen ejército. No tienen poder. Solo tienen una idea… y eso basta para encender el fuego.

    A su alrededor, mujeres que sienten antes de entender. Que observan cómo el mundo tiembla. Que tejen, aman, temen… mientras algo invisible se acerca.

    Pero toda revolución tiene su sombra.

    La traición no llega con estruendo. Llega suave. Cercana. Inevitable.

    Y entonces… todo cae.

    O quizás no.

    Porque en esta obra, la historia no termina: se repite, se mezcla, se sueña. Los muertos siguen hablando. Las ideas no se hunden. Flotan.

    “Viva la República” es teatro vivo, poético y brutal.
    Una obra que no cuenta el pasado… lo hace estallar en el presente.

  • En un rincón olvidado de la ciudad, donde la infancia se pudre antes de florecer, una familia lucha —o se destruye— bajo el peso de su propia sangre.

    Un padre quebrado, una madre que se apaga, dos niños que aprenden demasiado pronto lo que nadie debería saber… y una muerte que lo cambia todo.

    Malacrianza no es solo una obra: es un golpe seco al pecho. Un viaje crudo por la marginalidad, donde el amor se confunde con la violencia y la inocencia se deforma hasta volverse irreconocible.

    A través de escenas fragmentadas, voces que se cruzan y recuerdos que sangran, el espectador entra en un mundo donde no hay refugio. Donde la calle educa, el hambre enseña, y el cuerpo paga.

    Pancho y Girlén no juegan: sobreviven. Cantan en micros, esquivan manos, inventan futuros que nunca llegan. Mientras tanto, el padre —fantasma de sí mismo— se hunde en la culpa, la negación y el deseo más oscuro.

    Pero toda violencia deja huella.
    Y toda herida, tarde o temprano… responde.

    Una obra intensa, incómoda y profundamente humana, que expone sin filtros la fractura de la familia y la crudeza de una realidad que muchos prefieren no mirar.

     
  • Un hombre espera su muerte. Pero no está solo.

    En un corredor que parece suspendido fuera del tiempo, rodeado de silenciosas peceras donde los salmones observan como testigos mudos, un condenado reconstruye su vida mientras el final se acerca inevitable.

    Él fue muchas cosas: amante, escritor, monstruo, niño abandonado. Ahora es solo un cuerpo que respira sus últimos instantes… y una mente que no deja de crear.

    A su lado, un guardián que duda, que se quiebra, que ya no sabe si custodia o acompaña. Y una mujer simple, cotidiana, que limpia el mundo mientras todo se derrumba.

    La realidad comienza a fragmentarse. Los roles se confunden. Sócrates aparece. Gabriela Mistral respira. Los recuerdos se mezclan con fantasías, y la verdad deja de ser una línea clara.

    ¿Qué es un crimen? ¿Qué es la culpa? ¿Dónde termina el cuerpo y comienza la memoria?

    Esta no es una historia sobre la muerte. Es sobre el instante antes. Ese momento suspendido donde todo cobra sentido… o lo pierde para siempre.

    Una obra cruda, poética y perturbadora que enfrenta al espectador con lo más incómodo: la humanidad incluso en lo monstruoso.

  • En medio del desierto más árido del mundo, donde la vida parece un error, se levanta Sebastopol: una ciudad creada por el hombre… y sostenida por el sufrimiento.

    Allí, bajo un sol que no perdona, conviven dos realidades que nunca se tocan realmente. Arriba, la élite extranjera celebra el progreso: té, música, discursos de civilización. Abajo, los obreros se consumen entre vapor, polvo y hambre, soñando con un futuro que parece imposible.

    Luis llega desde el sur con esperanza. Cree que podrá trabajar, ahorrar, volver. Pero la pampa no devuelve nada. Solo transforma.

    Mary Jo, en cambio, parece no pertenecer a ningún tiempo. Habla de ciudades que aún no existen, de televisores, de un futuro que nadie más ve. Dice que no se llama así. Dice que está atrapada.

    Entre ellos nace algo frágil: una conexión que desafía el tiempo, el sistema… y la cordura.

    Mientras tanto, la tensión crece. Los obreros comienzan a organizarse. Exigen lo básico: dignidad, justicia, humanidad. Pero en Sebastopol, pedir es un acto peligroso.

    El sistema no dialoga. Castiga.

    La pampa escucha todo. El viento arrastra voces. El pasado se mezcla con el futuro.

    Y cuando la violencia llega, no deja espacio para la duda: aquí el progreso tiene un precio… y alguien siempre paga.

    Sebastopol es un viaje al corazón de la explotación, pero también al origen de la rebeldía. Una obra donde el tiempo se rompe, el amor es incierto… y la memoria nunca se extingue.

  • Un edificio. Un río. Y vidas que se deslizan lentamente hacia el abismo.

    “Río Abajo” no es solo una obra: es una herida abierta. Un retrato crudo, poético y brutal de una generación atrapada entre la memoria, la pobreza y el deseo de escapar.

    Aquí no hay héroes. Hay sobrevivientes.

    Waldo observa el mundo desde la orilla del río, como si entendiera algo que los demás no. Lorena sueña con amor mientras carga un pasado que la persigue en silencio. Marcia arde en la necesidad de ser vista, de ser elegida, de no desaparecer. Cristián busca ternura en un entorno que castiga la diferencia.

    Y mientras tanto, el edificio late: cuerpos que se cruzan, noches que se confunden, música que anestesia… hasta que la violencia se vuelve inevitable.

    El narcotráfico seduce, la marginalidad aprieta, los vínculos se rompen. Cada personaje toma decisiones que parecen pequeñas… pero que los empujan, sin darse cuenta, hacia un destino común.

    “Río Abajo” es una experiencia sensorial y emocional: un montaje coral donde lo íntimo y lo político se funden. Una obra donde el pasado no está muerto, y el futuro… ya está ocurriendo.

    Porque algunos ríos no llevan agua.

    Llevan vidas.

  • Tres mujeres limpian un teatro vacío. Pero no limpian polvo… limpian lo que queda de sus vidas.

    En el escenario donde otros brillan, ellas barren restos de belleza ajena. Sin embargo, algo se filtra: la ficción comienza a poseerlas. Una canta, otra sueña, otra recuerda lo que nunca fue. Por un instante, dejan de ser invisibles.

    Pero la noche las espera.

    Al salir, la calle no es un tránsito… es una emboscada. Un joven aparece, seduce, promete música, risas, un escape mínimo. La Maritza —fuego sin miedo— acepta. La otra —mirada profunda, casi profética— duda. Pero va. Porque algo le dice que no puede dejarla sola.

    El departamento es una trampa vestida de normalidad.

    Las palabras se vuelven viscosas. Las miradas, hambre. El deseo muta en violencia.

    Entonces ocurre lo inevitable.

    Un cuerpo es invadido. El alma, en cambio, se eleva.

    Y cuando todo parece perdido, cuando la noche revela su verdadera forma —cruel, grotesca, animal—, una de ellas deja de ser víctima.

    Toma un cuchillo. Pero no es un cuchillo.

    Es justicia.
    Es furia.
    Es fe.

    Y lo que sigue no es venganza… es un acto de salvación.

    Las Aseadoras de Ópera no es solo una obra. Es un grito.
    Un choque entre lo sagrado y lo sucio.
    Entre lo que somos… y lo que el mundo intenta romper.

  • Hay veranos que queman la piel… y otros que queman por dentro.

    En un pequeño departamento frente al mar, una mujer observa. No habla mucho, no se expone, no seduce. Mira. Espera. Imagina.

    Abajo, en la playa, el mundo sucede: cuerpos jóvenes, risas, deseo inmediato. Su amiga vive ese mundo sin pudor, devorando noches, hombres y experiencias como si el tiempo no existiera. Pero ella no. Ella habita otro territorio: el del anhelo.

    Cada día, desde su silla, contempla al salvavidas. Fuerte, distante, casi mítico. Él no sabe que existe… pero ella ya ha construido una historia entera entre ambos. Una historia donde él la ve, la elige, la salva.

    Porque a veces amar no es tocar. Es imaginar hasta que duele.

    Entre silencios, fantasías y pequeñas osadías, esta mujer se enfrenta a su mayor enemigo: la certeza de no ser mirada. Y entonces decide hacer algo que lo cambia todo… o al menos, eso cree.

    “La Gorda” es un retrato crudo y delicado sobre el deseo no correspondido, la invisibilidad social y la necesidad brutal de ser amado. Una obra donde lo más importante no ocurre afuera… sino dentro.

    Y ahí es donde realmente arde.

  • Una familia se muda a la casa de sus sueños.
    Pero algo no entra con ellos.

    Un hombre que lo consiguió todo… menos paz.
    Una mujer que perdió más de lo que ganó.
    Un hijo que no cree en el sacrificio.
    Una hija que aún quiere creer.

    Entre cajas, recuerdos y muebles nuevos, se desata una batalla invisible:
    la del origen contra la ambición, la memoria contra el progreso.

    Él construyó su mundo desde la nada—recogiendo lo que otros desechan, viendo valor donde nadie lo ve.
    Pero ahora que tiene dinero, espacio, status… descubre que lo más difícil no es subir.

    Es sostenerse sin romperlo todo.

    Con humor ácido, lenguaje directo y una crudeza profundamente chilena, esta obra revela el precio del ascenso social:
    la familia se convierte en campo de batalla,
    el amor en reproche,
    y el éxito… en una forma silenciosa de soledad.

    Porque no basta con cambiar de casa.
    Hay cosas que no se mudan.

    Y otras… que nunca te sueltan.

  • Un pueblo olvidado.
    Una guerra sin balas.
    Y un enemigo que no dispara… pero devora.

    En lo alto de la montaña, donde antes reinaban las termas y el descanso, ahora solo queda el eco de los vehículos militares y el vacío en los estómagos. No hay armas. No hay héroes. Solo hombres comunes enfrentados a una decisión imposible: resistir… o sobrevivir.

    Cuando todo parece perdido, surge una idea tan incómoda como inevitable.

    No lucharán con fusiles.
    Lucharán con deseo.

    La vieja posada del pueblo se transformará en un cabaret improvisado. Música, cuerpos, sonrisas… una ilusión de placer en medio de la guerra. Los soldados vendrán. Comerán. Beberán. Y quizás, en la intimidad, hablen más de la cuenta.

    Pero cada paso hacia esa estrategia abre una herida.

    ¿Qué vale más: la dignidad o la supervivencia?
    ¿Qué se sacrifica primero: el cuerpo… o la moral?
    ¿Dónde termina el patriotismo y comienza la conveniencia?

    Mientras las esposas “respetables” se convierten en artistas, mientras el hambre dicta nuevas reglas y mientras la guerra se vuelve absurda, el pueblo entero entra en un juego peligroso donde nadie saldrá intacto.

    Porque aquí no hay héroes puros.

    Solo personas.

    Y en tiempos de guerra… eso basta para romperse.

  • Un joven camina por la ciudad como si fuera un templo en ruinas.
    No busca placer. No busca amor. No busca poder.
    Busca pureza. Busca martirio. Busca santidad.

    Andrés no vive la fe: la sangra.
    Se marca el cuerpo. Castiga su deseo. Renuncia al goce. Persigue la perfección como si fuera una herida abierta. En un mundo atravesado por la miseria, la violencia, la represión, la marginalidad y la hipocresía moral, su espiritualidad se transforma en un delirio místico que lo empuja cada vez más lejos de la humanidad.

    A su alrededor, orbitan figuras tan humanas como rotas:
    una abuela fanática, que convierte la religión en control y miedo;
    Esteban, el amigo que ama la vida pero teme al vacío;
    María, la ternura atrapada entre fe y deseo;
    sacerdotes, delincuentes, travestis, clientas, militares, pobres, víctimas y verdugos que construyen un paisaje urbano donde lo sagrado y lo monstruoso conviven sin fronteras.

    La ciudad se vuelve altar.
    La calle se vuelve confesionario.
    El cuerpo se vuelve templo.
    La fe se vuelve enfermedad.

    Éxtasis o La Senda de la Santidad es una obra brutalmente poética que cruza misticismo cristiano, erotismo, violencia social, delirio religioso, represión sexual y crítica política. Un viaje al interior de una mente que confunde salvación con destrucción y pureza con aniquilación.

    Aquí la santidad no es luz.
    Es fiebre.
    Es obsesión.
    Es abismo.

    Una dramaturgia intensa, visceral y simbólica, donde la espiritualidad se convierte en carne, la carne en sacrificio, y el sacrificio en una pregunta sin respuesta:
    ¿qué ocurre cuando alguien intenta ser santo en un mundo enfermo?

  • Un hombre regresa del exilio creyendo que vuelve a casa.
    Pero la casa ya no existe.

    En una buhardilla suspendida sobre una ciudad transformada por el progreso y el olvido, El Gordo y el Flaco enfrenta a dos amigos marcados por una juventud revolucionaria y un presente irreconciliable. Andrés vuelve cargando memoria, culpa y sueños intactos. Esteban se quedó, se adaptó, triunfó. Ambos creen tener razón. Ambos saben que algo se perdió para siempre.

    La obra se despliega como un duelo verbal intenso, lúcido y profundamente humano. No hay héroes ni villanos: hay elecciones. El dinero, la familia, el miedo, la comodidad, la lealtad, el amor y la vergüenza circulan en cada escena como corrientes subterráneas.

    La llegada de una mujer perseguida por razones políticas reactiva la urgencia del pasado y obliga a los personajes a definirse. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad moral? ¿Qué precio tiene la coherencia? ¿Es posible seguir creyendo cuando todo alrededor invita a olvidar?

    Sergio Vodanovic construye un drama íntimo y político, atravesado por humor amargo, recuerdos compartidos y canciones que funcionan como fantasmas del tiempo perdido. La buhardilla se transforma en un campo de batalla simbólico donde se enfrentan la memoria y la amnesia colectiva.

    El Gordo y el Flaco no habla solo del pasado chileno: habla de todos aquellos que alguna vez soñaron con cambiar el mundo y despertaron en uno que ya no reconocen.

  • En una pieza mal iluminada del centro de Santiago, tres vidas chocan como cuchillos sin funda.
    El rucio de los cuchillos nos sumerge en el corazón del bajo mundo chileno de los años sesenta, donde la supervivencia no es una metáfora, sino una rutina.

    Vinizio, recién salido de la cárcel, arrastra un pasado manchado de sangre y un miedo paralizante a volver a caer. La calle lo reconoce, la policía lo persigue y el futuro parece una puerta cerrada. La Guille, prostituta independiente, irónica y ferozmente lúcida, ha aprendido a negociar con la vida sin pedir permiso: vende su cuerpo, pero protege con uñas y dientes su dignidad. El Tolo, su cafiche, vive obsesionado con el poder, el respeto y la posesión, atrapado entre el amor, los celos y la violencia.

    Entre mates, tangos, discusiones y recuerdos, emerge una idea improbable: participar en un concurso de baile. El Teatro Caupolicán se convierte en un sueño frágil, casi absurdo, pero cargado de esperanza. Bailar no es solo moverse: es desafiar al destino, vengarse del desprecio, intentar, aunque sea por una noche, ser otro.

    Luis Rivano escribe con crudeza y poesía popular una obra donde el humor convive con la tragedia, donde los personajes hablan como la calle y piensan como filósofos heridos. El rucio de los cuchillos no juzga: observa. No idealiza: expone. Y en ese gesto honesto, brutal y tierno, nos obliga a mirar de frente una humanidad que rara vez quiere ser vista.

  • En un país suspendido frente a las cámaras, a minutos de un anuncio histórico, algo falta. No es un discurso. No es una orden. Es la Roza.

    Fotosíntesis por “No” la Roza es una obra feroz y visionaria que cruza política, sexualidad, religión y medios de comunicación en una puesta en escena fragmentada y simultánea. Mientras un General ensaya su victoria televisiva, la transmisión se contamina. Un joven quiere ser estrella mirando pornografía. Una mujer sangra y recuerda. Otra gana la lotería y predica la pureza. Un ángel no logra bajar a la tierra. Un niño corre con un objeto que nadie puede recuperar.

    La obra no explica: expone. Los cuerpos hablan antes que las ideas. La televisión se vuelve altar. El sexo, mercancía. La flor, herida. Todo ocurre al mismo tiempo, como un país que no logra ordenar su memoria.

    Ramón Griffero construye un teatro de imágenes, de choque, de poesía violenta, donde la dictadura no se nombra: se filtra. La Roza irrumpe en la pantalla, en el cuerpo, en la historia, desarmando el lenguaje oficial y obligando al espectador a mirar aquello que fue ocultado.

    Una obra indispensable del teatro chileno contemporáneo. Incómoda. Bellísima. Radical. Un ritual escénico donde la vida insiste incluso bajo las bombas.

  • En el interior de un teatro venido a menos, mientras se ensaya una nueva revista musical, Sexy Boom desnuda —con humor feroz y humanidad cruda— la trastienda del espectáculo chileno de los años ochenta.

    Tres bailarinas y su coreógrafo sobreviven entre lentejuelas, música nostálgica y órdenes gritadas. Ensayan, se provocan, se confiesan y se hieren. Aquí el camarín es ring, confesionario y trinchera. El cuerpo es herramienta de trabajo, moneda de cambio y campo de batalla. El arte, una excusa frágil para no hundirse.

    Lalo, el coreógrafo, sueña con el reconocimiento que nunca llegó. Se burla del sistema mientras lo obedece. Las bailarinas cargan historias de hambre, abuso, ambición y deseo de dignidad. Fabiola exige respeto; Rebeca se aferra al pasado glorioso; Soledad, la más joven, comienza a entender que la injusticia no se resuelve sola.

    Entre números musicales, discusiones violentas y risas obscenas, emerge una pregunta incómoda:
    ¿hasta dónde se puede ceder para seguir trabajando?

    Sexy Boom es una comedia amarga, una sátira social y un retrato feroz del poder, la precariedad y la resistencia femenina. Una obra que hace reír mientras aprieta la garganta. El espectáculo continúa, sí… pero el precio es alto.

  • En un edificio de muros verdes y puertas metálicas, donde los cuerpos llegan sin nombre y se van con certificados impecables, la muerte trabaja en horario de oficina.
    Ese lugar es 99 La Morgue.

    Aquí, la autopsia no es ciencia: es discurso.
    La ficha no es verdad: es silencio firmado.

    Germán, un joven interno que pinta para no volverse piedra, empuja camillas mientras observa cómo la muerte es administrada con eficiencia y cinismo. A su lado, Fernanda limpia, canta y cree; el Director brinda con champagne y dicta lecciones morales mientras decide qué cadáver merece existir y cuál será borrado.

    Pero la morgue no está sola.
    La habitan fantasmas: mujeres coloniales encerradas por deseo, próceres paralíticos, madres que buscan a sus hijas, dioses antiguos, vírgenes tutelares y cadáveres que no aceptan la versión oficial de su muerte.

    El tiempo se quiebra. Las escenas se repiten como una pesadilla burocrática. Las voces del pasado irrumpen en el presente. El poder se disfraza de médico, de emperador romano, de patriota. La violencia se justifica con palabras técnicas, latín, protocolos y aplausos.

    En medio de este engranaje, Germán intenta algo imposible: mirar.
    Mirar los cuerpos.
    Mirar la historia.
    Mirar lo que todos prefieren negar.

    99 La Morgue no cuenta un crimen: lo disecciona.
    No acusa con consignas: invoca con imágenes, cantos y visiones.
    Es una obra donde el teatro se convierte en autopsia del país y el escenario en una fosa común iluminada.

    Aquí, la pregunta no es quién murió.
    La pregunta es: quién firmó el informe.

  • En una vieja sala de cine que se cae a pedazos, un grupo de espectadores se aferra a la oscuridad como quien se aferra a la última trinchera. Cinema Utopía es una obra sobre quienes ya no encajan en el mundo, pero tampoco se resignan a abandonarlo.

    Mientras en la pantalla se proyecta la vida de un joven exiliado que sobrevive en los márgenes de Europa, en la platea se revela otra película igual de intensa: la de seres solitarios, rotos, tiernos y peligrosamente humanos. El cine se transforma en un territorio donde los sueños aún respiran, donde la memoria insiste, donde la ficción es más verdadera que la realidad.

    Ramón Griffero construye un teatro profundamente cinematográfico, poético y político, donde los personajes cruzan la frontera entre espectador y protagonista, entre recuerdo y presente, entre vida y representación. Cinema Utopía habla del amor perdido, de la violencia que marca una época, de la fragilidad de los cuerpos y de la obstinada necesidad de creer que algo —aunque sea una imagen proyectada— todavía puede salvarnos.

    Una obra clave del teatro chileno contemporáneo, lúcida y conmovedora, que invita al público a mirarse en la pantalla… y reconocer lo que aún duele, lo que aún arde, lo que todavía no muere.

  • En un Santiago lluvioso de los años sesenta, una casa elegante esconde un campo de batalla íntimo.
    Una joven prostituta entra por error —o por destino— al living de una familia que vive de las apariencias. Lo que comienza como una solución práctica se convierte en una grieta irreparable.

    Nancy, vital, irónica y brutalmente honesta, acepta reemplazar a una empleada doméstica. Allí conoce a Lola, una mujer olvidada, antigua cupletista, madre incómoda, memoria viva de un pasado que nadie quiere recordar. Entre tragos, canciones y confesiones, ambas descubren que comparten algo más profundo que la marginalidad: la lucha por no desaparecer.

    Mientras tanto, Paula, dueña de casa, construyó su identidad negando sus orígenes. Su obsesión por el estatus la ha llevado a encerrar a su madre y a vaciar de sentido su propio matrimonio. Carlos Alberto, su marido, sobrevive refugiado en el billar y en recuerdos de un tiempo donde soñó ser otra cosa.

    La obra cruza con humor ácido y crudeza temas incómodos: la prostitución visible y la invisible, la hipocresía de clase, la maternidad fallida, la memoria artística como amenaza, y la violencia simbólica del “buen vivir”.

    Rivano no juzga: expone.
    Y lo hace con una lengua viva, popular, musical, ferozmente chilena.

    ¿Dónde estará la Jeannette? no busca respuestas fáciles.
    Golpea donde duele.
    Y obliga a mirar de frente aquello que se esconde bajo el mantel bien planchado.

  • Tres hombres encerrados. Ninguna condena clara. Ninguna culpa demostrada.
    Solo la sospecha.

    En una celda fría y sucia, mientras una radio suena a ratos desde el pasillo, se cruzan tres mundos que rara vez se miran de frente. Un delincuente profesional que conoce el sistema mejor que nadie. Un trabajador honrado que cree que el esfuerzo lo salva de todo. Y un muchacho que acaba de cometer su primer error.

    El encierro los obliga a hablar. A provocarse. A defenderse. A confesarse.
    Las risas esconden miedo. El humor es un escudo. La violencia siempre está a punto de estallar.

    Por sospecha no es solo una obra sobre presos: es una radiografía brutal de una sociedad donde la justicia no es igual para todos, donde la pobreza se castiga antes que el delito y donde el poder se ejerce desde la impunidad. Luis Rivano construye un texto ferozmente humano, cargado de oralidad chilena, ironía popular y una lucidez política que golpea sin pedir permiso.

    En ese pequeño calabozo caben la historia reciente del país, el miedo heredado, la tortura silenciada, la corrupción cotidiana y una pregunta que atraviesa toda la obra:
    ¿quién es realmente culpable?

    Con una estructura simple y un lenguaje directo, la obra avanza como una pelea verbal, un duelo ideológico y emocional donde nadie sale ileso. El tiempo se estira, la espera asfixia y la sospecha se vuelve una forma de condena.

    Una obra intensa, incómoda y necesaria. Teatro social en estado puro.

  • En un departamento elegante, lleno de libros, música clásica y discursos refinados, irrumpe un hombre que huele a calle, a grasa y a vida real. Un gásfiter en sociedad es una comedia afilada como cuchillo que desnuda las tensiones de clase, cultura y poder en el Chile urbano de los años setenta… tensiones que siguen respirando hoy.

    Angélica Luz, académica brillante y mujer emancipada, decide educar al maestro que llegó a arreglar su baño. Cree que el arte puede redimirlo, elevarlo, transformarlo. Él, Onofre, acepta el juego: aprende, escucha, lee… pero nunca deja de ser quien es. Observa, se burla, absorbe y devuelve la cultura filtrada por su experiencia popular, desmontando sin pedir permiso la solemnidad intelectual.

    Entre ambos aparece Carlos, el exmarido: bancario, clasista, inseguro, símbolo del “caballero” que defiende la tradición sin comprenderla. Su presencia vuelve el experimento peligroso, revelando que la lucha no es solo cultural, sino también sexual, económica y simbólica.

    Rivano construye una obra hilarante y cruel, donde el lenguaje es un campo de batalla y el humor un arma política. Nadie queda limpio. Nadie es héroe. La cultura se muestra como lo que muchas veces es: un privilegio que se disfraza de generosidad.

    Una obra profundamente chilena, incómoda, divertida y ferozmente lúcida, que pone al espectador frente a una pregunta sin respuesta fácil:
    ¿Quién educa a quién… y para qué?

  • En una casa estrecha del barrio Franklin, detrás del ruido del matadero y del olor persistente a carne fresca, una familia sobrevive aferrada a lo único que conoce: el trabajo duro, la sangre en las manos y el silencio heredado.

    Los Matarifes es una radiografía descarnada de la clase obrera chilena, donde el amor familiar convive con la violencia cotidiana, y donde el futuro parece estar escrito antes de nacer. Belisario, el padre, defiende el oficio como una ley ancestral. David, el hijo mayor, carga con la responsabilidad de sostener la casa, pagando con su propia vida los sueños que nunca pudo tener. Roberto, el menor, se rebela sin rumbo: no quiere estudiar, no quiere matar animales, no quiere repetir el destino que lo espera.

    Entre ellos, Teresita sostiene la casa como una columna invisible, postergando su propia felicidad, mientras Carlitos sueña con un amor sencillo que el entorno vuelve casi imposible. En paralelo, una relación amorosa fuera del barrio expone con violencia las fracturas de clase, el machismo, los celos y la culpa de quien intenta escapar de su origen.

    Con un lenguaje directo, popular y profundamente humano, Luis Rivano construye una obra donde cada diálogo sangra realidad. Los Matarifes no juzga: muestra. Y al mostrar, obliga al espectador a mirarse en el reflejo incómodo de una sociedad que devora a los suyos como animales de faena.

  • En una vieja casona de Santiago, mientras suena un tango gastado por la repetición, conviven personajes que se resisten a desaparecer.

    Una ex vedette que no acepta el final de su carrera.
    Un jubilado municipal que ama con una fidelidad desesperada.
    Una mujer de clase alta acorralada por la ruina.
    Un poeta joven que cree que el arte aún puede salvarlo todo.
    Un vigilante obsesionado con el orden.
    Y un amante que huye antes de enfrentar la verdad.

    Te llamabas Rosicler es una comedia amarga, profundamente humana, donde el humor convive con la crueldad y la ternura con la humillación. Luis Rivano retrata una sociedad en tránsito, donde los sueños de grandeza chocan contra la precariedad cotidiana, y donde el pasado pesa más que el futuro.

    La obra se despliega entre discusiones feroces, momentos de delirio poético y escenas de una lucidez brutal. El tango no es solo música: es memoria, es identidad, es una forma de resistir al olvido. Cada personaje lucha por no ser expulsado del escenario de la vida, aunque el mundo —y la ciudad— ya no los necesite.

    Una pieza coral, intensa y tragicómica, que habla de la caída de los ídolos, del amor como refugio y condena, y de un país que comienza a borrar sus propias casas para construir algo nuevo… sin saber muy bien qué.

  • Un grupo de estudiantes se toma una universidad. Cantan, celebran, levantan consignas. Todo parece histórico. Todo parece urgente. Pero cuando las puertas se cierran y la euforia baja, comienza la verdadera obra.

    Nos tomamos la universidad no retrata la épica del movimiento estudiantil desde afuera, sino su corazón contradictorio desde adentro. Ocho jóvenes —distintos entre sí, desiguales en fuerza, convicción y deseo— quedan atrapados en un edificio vacío, sosteniendo una toma que se va deshilachando a medida que aparecen el cansancio, la burocracia, las jerarquías y la duda.

    Aquí no hay héroes puros. Hay dirigentes que aprenden a mandar, rebeldes que exigen acción, intelectuales desencantados, observadores irónicos, artistas frágiles, mujeres empujadas a los márgenes y otras que se niegan a desaparecer. La revolución convive con el tedio. El discurso con el silencio. La esperanza con la sospecha.

    El gesto central —la construcción de un monigote que representa a la autoridad— se transforma en un ritual inquietante: el símbolo reemplaza a la acción, el rito suplanta al cambio real. ¿Qué se quema cuando se quema un monigote? ¿La autoridad… o la propia fe?

    Escrita en 1969, esta obra sigue siendo brutalmente actual. Vodanovic disecciona con lucidez y humor negro los mecanismos del poder, incluso dentro de los movimientos que dicen combatirlo. Una pieza coral, política y profundamente humana, donde la juventud descubre que tomarse un edificio es fácil; lo difícil es sostener un ideal sin traicionarse.

  • En Viña, Sergio Vodanovic convierte la playa —ese espacio de descanso, exhibición y aparente igualdad— en un escenario implacable donde las clases sociales quedan al descubierto. Bajo el sol, en traje de baño, nadie está realmente desnudo: el poder, el dinero y la costumbre siguen marcando quién manda, quién obedece y quién mira.

    Este volumen reúne tres comedias breves e independientes, unidas por una misma mirada crítica y un humor fino, incómodo, profundamente chileno. Con diálogos precisos y situaciones cotidianas llevadas al límite, Vodanovic revela cómo el orden social puede tambalear por un gesto mínimo: un cambio de ropa, una espera forzada, una conversación que ya no puede evitarse.

    En El delantal blanco, un juego aparentemente inocente en la playa expone la fragilidad de las jerarquías y demuestra que el poder depende más de la mirada ajena que de la verdad.
    En La gente como nosotros, una panne nocturna reúne a dos mundos opuestos y deja al descubierto la miseria íntima que atraviesa tanto a quienes compran como a quienes se venden.
    En Las exiliadas, el miedo al otro y la nostalgia del privilegio perdido se transforman en encierro mental, revelando el costo humano de vivir aferrado a un pasado que ya no existe.

    Viña es una obra ágil, mordaz y vigente. Un tríptico teatral donde la risa nunca es cómoda y donde cada escena invita al espectador a reconocerse —o a incomodarse— en el reflejo de una sociedad que sigue creyendo que el lugar que ocupa le pertenece.

  • En una casa modesta de Santiago, un hombre correcto se enfrenta al ruido ensordecedor del poder.

    Esteban Uribe ha vivido creyendo que la ley basta. Que cumplirla es suficiente para caminar erguido, para dormir tranquilo, para mirar a su hijo a los ojos. Pero cuando el Estado le exige que utilice esa misma ley como arma de censura, su mundo comienza a resquebrajarse.

    Un diario incómodo debe ser silenciado. No por delitos comprobados, sino por pensar distinto. La orden es clara, la presión implacable. Esteban se niega. Y entonces los perros comienzan a ladrar.

    Llamadas anónimas, insultos públicos, sospechas, golpes que no siempre dejan marcas visibles. La violencia se filtra en la casa, en la mesa familiar, en la mirada del hijo que empieza a preguntarse si la honestidad no es, en el fondo, una forma elegante de derrota.

    Entre un ministro cínico, un empresario sin escrúpulos y una sociedad que prefiere el silencio cómodo, Esteban resiste. No como héroe épico, sino como hombre común que se aferra a sus principios mientras todo alrededor le exige que los abandone.

    Deja que los perros ladren es un drama político íntimo, ferozmente vigente, que desnuda el costo real de la integridad en un mundo donde la ley puede torcerse y la moral se negocia.
    Una obra sobre el precio de decir no.
    Y sobre lo solos que quedamos cuando lo decimos.

  • Una mujer empuja una carreta a través del infierno europeo. Dentro no lleva esperanza: lleva mercancía. Madre Coraje es comerciante, madre y superviviente en un mundo donde la guerra no es una tragedia ocasional, sino una industria constante.

    Mientras los ejércitos avanzan y retroceden, ella vende botas, aguardiente y pan. Vive de la guerra, la necesita, la maldice y la defiende. A su lado viajan sus hijos: uno temerario, otro honesto, una hija muda que observa en silencio cómo la humanidad se desmorona. Cada uno encarna una respuesta distinta al conflicto: la violencia glorificada, la obediencia ciega, la compasión inútil.

    Brecht construye una obra despiadadamente lúcida. No hay héroes, no hay épica. La guerra aparece como un negocio que exige víctimas constantes, y la moral se vuelve un lujo que nadie puede permitirse. Las canciones interrumpen la acción para recordarnos que estamos mirando un mecanismo, no un melodrama.

    Madre Coraje avanza siempre, aun cuando todo a su alrededor se derrumba. No es una villana ni una heroína: es una mujer atrapada en un sistema que ella misma alimenta. Su tragedia no es perder, sino seguir.

    Una obra fundamental del teatro moderno: política, brutal, irónica y profundamente humana.

  • En un mundo donde el poder cambia de manos con la violencia de un relámpago, El círculo de tiza caucasiano plantea una pregunta simple y devastadora: ¿a quién pertenece realmente aquello que amamos?

    Cuando un régimen cae y la sangre corre por las calles, una mujer humilde toma una decisión que lo cambia todo. Grusche, sirvienta sin linaje ni fortuna, recoge a un niño abandonado en medio del caos. No es suyo. No debería hacerlo. Y sin embargo, lo hace. A partir de ese instante, su vida se convierte en una larga huida: montañas, hambre, frío, traiciones, renuncias. Amar, aquí, es un acto peligroso.

    Bertolt Brecht entrelaza esta historia íntima con una mirada ferozmente política. El amor maternal no se idealiza: se pone a prueba. La justicia no aparece como un templo sagrado, sino como un espacio frágil donde la inteligencia y la ironía pueden derrotar a la ley ciega. Azdak, juez imprevisible y burlón, desmonta el orden establecido con fallos que parecen absurdos, pero que revelan una lógica profundamente humana.

    La obra no busca consuelo, sino lucidez. Con canciones, narración directa y distanciamiento épico, Brecht nos obliga a mirar de frente: lo justo no siempre coincide con lo legal, y la verdadera propiedad nace del cuidado, no del privilegio.

    Una fábula política, poética y brutalmente vigente.

  • En plena noche, cuando los movimientos se quiebran y las máscaras caen, Antonin Artaud irrumpe con una voz imposible de domesticar.

    El bluff surrealista no es una obra cómoda ni conciliadora. Es un grito escrito desde la fractura, una acusación directa contra un surrealismo que —según Artaud— traicionó su esencia al someterse a ideologías, partidos y consignas. Aquí no hay escenas tradicionales ni personajes múltiples: hay una conciencia en combustión, enfrentada al mundo, al arte y a la idea misma de revolución.

    Artaud desmonta la noción de cambio social como espectáculo externo y propone algo más inquietante: una revolución que comienza y termina en el interior del alma. El texto se mueve entre la lucidez y la rabia, entre la mística y el desprecio, cuestionando toda acción que no nazca de una transformación espiritual real.

    Este monólogo-manifiesto es una experiencia escénica intensa, ideal para montajes minimalistas, performáticos o rituales. Una obra que interpela directamente al espectador, lo incomoda, lo provoca y lo obliga a preguntarse qué significa, realmente, ser libre.

    No es un texto para agradar.
    Es un texto para despertar.

  • Un hombre duda. No del amor en abstracto, sino del amor cuando roza el dinero, el prestigio y la seguridad. Prueba de amor es una bomba teatral de un solo acto donde Roberto Arlt expone, sin anestesia, la hipocresía sentimental de la sociedad burguesa.

    En un departamento frío y ordenado, dos seres se enfrentan como en un laboratorio moral. Él, joven y rico, brillante y cruel. Ella, lúcida, contenida, atravesada por una inteligencia que no siempre la protege. La conversación, al principio elegante, se vuelve progresivamente violenta: el amor es diseccionado como si fuera un fraude financiero.

    La obra avanza como una partida de ajedrez psicológico, donde cada frase es una trampa y cada silencio, una amenaza. Arlt convierte el espacio íntimo —un baño, una bañera— en escenario de una ceremonia brutal donde se confunden amor, dinero, fe y humillación.

    Con una escritura filosa, irónica y ferozmente moderna, Prueba de amor cuestiona la idea misma de prueba, de confianza y de verdad emocional. No hay héroes ni villanos claros: solo seres humanos atrapados en un sistema que convierte el amor en transacción y la fe en espectáculo.

    Breve, intensa y devastadora, esta obra sigue incomodando porque apunta directo al centro: allí donde amar y creer ya no son lo mismo.

  • En una Roma nocturna, sofocante y corrupta, una familia noble vive bajo el dominio de un padre monstruoso. El conde Cenci no cree en Dios ni en la moral: cree en su derecho absoluto a destruir. Amparado por la Iglesia y el poder, transforma el hogar en un campo de tortura donde el amor filial se pudre y la obediencia se vuelve terror.

    Beatriz, su hija, es joven, inteligente y profundamente sensible. En ella se concentra toda la violencia que no puede nombrarse. Lo que la rodea no es solo abuso: es una cosmovisión donde el mal se ejerce como principio. Su madrastra Lucrecia intenta protegerla, pero la costumbre del miedo pesa más que la rebelión. Bernardo, el hermano menor, observa y absorbe el horror, aprendiendo demasiado pronto que la inocencia no protege.

    La Iglesia escucha, pero no actúa. La justicia existe solo como palabra vacía. Orsino, sacerdote y amante frustrado, propone una salida silenciosa: eliminar al tirano. No por compasión, sino por conveniencia. Así, la familia, rota y acorralada, se convierte en conspiración.

    Los Cenci no ofrece alivio ni consuelo. Es una obra sobre el cuerpo profanado, la autoridad pervertida y la imposibilidad de la pureza en un mundo enfermo. Artaud no narra un crimen: lo hace estallar en escena. Cada palabra, cada gesto, es un golpe contra el espectador. Aquí, el teatro deja de representar para convertirse en rito, grito y condena.

  • El Momo no se representa: irrumpe.

    Este texto feroz de Antonin Artaud es un grito lanzado desde el fondo del cuerpo, una obra donde el lenguaje deja de ser herramienta y se convierte en herida. Aquí no hay historia que seguir ni personajes que observar a distancia: hay una presencia que arde frente al espectador, una voz que acusa al mundo de haberle robado el alma a través de la razón, la medicina y la moral.

    Artaud escribe después del encierro, después del electroshock, después de la humillación. Y escribe con todo lo que queda: saliva, hueso, espasmo, blasfemia. El cuerpo aparece como territorio saqueado, atravesado por instituciones que dicen curar pero que en realidad vacían, mutilan, anulan.

    Dios, la psiquiatría, el Estado, la palabra misma son nombrados y escupidos. El texto avanza como una ceremonia oscura donde cada frase es una descarga eléctrica y cada imagen un golpe directo al sistema nervioso del espectador.

    No hay consuelo. No hay metáfora tranquilizadora.
    Hay carne. Hay furia. Hay lucidez en estado salvaje.

    El Momo es teatro llevado a su grado cero: un actor solo frente al público, sosteniendo una lengua rota que se niega a obedecer. Una experiencia escénica que no busca gustar, sino despertar, incomodar y dejar marcas.

    Una obra para cuerpos valientes.
    Un texto que no se lee: se sobrevive.

  • Una casa blanca. Muros gruesos. Calor inmóvil.
    Y dentro, cinco mujeres condenadas a mirar la vida pasar desde detrás de las paredes.

    La casa de Bernarda Alba no es solo un hogar: es una prisión levantada en nombre del honor, la tradición y el miedo al juicio ajeno. Tras la muerte del patriarca, Bernarda impone un luto feroz que asfixia cualquier impulso vital. En ese encierro forzado, las hijas cosen, callan, espían, desean. El tiempo se espesa. El calor quema. El silencio duele.

    La llegada de un pretendiente invisible —Pepe el Romano— desata una tormenta interna. No importa tanto el hombre como lo que representa: la posibilidad de escapar, de amar, de vivir el cuerpo. Cada hija reacciona desde su herida: resignación, ironía, miedo, rencor o desafío abierto. La tensión crece como una cuerda demasiado estirada.

    Lorca escribe un drama sin adornos, seco y brutal, donde la palabra es cuchillo y el silencio, sentencia. Las mujeres hablan del deseo como pecado, del matrimonio como destino, de la libertad como una amenaza. Y en medio, una madre que confunde autoridad con crueldad, orden con represión.

    Esta obra es un retrato implacable de una sociedad que sofoca a las mujeres, pero también una tragedia íntima sobre el deseo negado y la violencia que nace de su represión. Cada escena avanza hacia un punto sin retorno. El espectador lo siente: algo va a romperse.

    Y cuando sucede, ya es demasiado tarde.

  • En una ciudad donde la pobreza se respira como polvo, tres dioses bajan a la Tierra buscando una prueba desesperada: una persona verdaderamente buena. La encuentran en una mujer sola, frágil y valiente, que vive al margen y aun así abre su puerta cuando nadie más lo hace.

    Ese gesto cambia su destino… y lo complica todo.

    Gracias a una recompensa inesperada, la mujer intenta rehacer su vida con honestidad. Sueña con ayudar, con compartir, con ser justa. Pero en un mundo hambriento, la bondad es un imán: todos se acercan, todos reclaman, todos exigen. Muy pronto, aquello que parecía una oportunidad se transforma en una trampa moral.

    Para no desaparecer, la mujer se ve obligada a inventar una segunda piel: una figura dura, pragmática, sin compasión, capaz de decir no donde ella solo sabe decir sí. Entre ambas identidades se abre un abismo. Cada decisión pesa. Cada gesto tiene consecuencias.

    Bertolt Brecht construye una fábula moderna, irónica y feroz, donde la pregunta no es si la bondad existe, sino si puede sobrevivir. La obra avanza como un juicio silencioso al espectador, sin moralejas fáciles ni consuelos.

    “El alma buena de Se-Chuan” no ofrece respuestas tranquilizadoras. Ofrece algo más incómodo: un espejo.
    Y en ese reflejo, la pregunta es inevitable: ¿qué haríamos nosotros para seguir vivos sin dejar de ser humanos?

  • Un hombre observa el cielo… y el mundo comienza a temblar.

    En La vida de Galileo Galilei, Bertolt Brecht transforma la biografía del gran astrónomo en una obra profundamente humana y política. Galileo no es aquí una estatua de bronce ni un héroe sin fisuras: es un hombre brillante, irónico, apasionado por el conocimiento, que cree en la razón como motor de la historia y en la ciencia como herramienta de liberación.

    Cuando sus observaciones derriban la idea de que la Tierra es el centro del universo, no solo cambia el mapa del cielo: se quiebra el orden sobre el que se sostiene el poder. Las universidades, la Iglesia y los príncipes reaccionan con miedo. La verdad ya no es una revelación divina, sino algo que cualquiera puede comprobar mirando por un telescopio.

    La obra avanza entre descubrimientos luminosos y sombras crecientes. A medida que Galileo se acerca al poder buscando tiempo y protección para investigar, el precio de la verdad se vuelve más alto. La pregunta deja de ser científica y se vuelve moral: ¿qué debe hacer un hombre cuando su saber amenaza a los poderosos?, ¿hasta dónde puede ceder sin traicionarse?

    Brecht construye un drama lúcido, tenso y actual, donde la ciencia, la fe, el dinero y el miedo chocan en escena. La vida de Galileo no habla solo del pasado: interroga nuestro presente y nos enfrenta a una verdad incómoda que sigue orbitando sobre nosotros.

  • Un país donde hablar es peligroso.
    Donde el silencio también delata.

    Terror y miseria del Tercer Reich no cuenta una sola historia: las descompone todas. Bertolt Brecht disecciona la Alemania nazi como si fuera un cuerpo enfermo, mostrando cómo el miedo se filtra en los hogares, en los tribunales, en el amor y en el trabajo. No hace falta estar en un campo de concentración para estar preso: basta con vivir allí.

    Cada escena es un espejo incómodo. Una pareja que duda de lo que puede decirse. Un juez que intenta hacer justicia en un sistema que ya la ha corrompido. Un obrero marcado sin saberlo. Un soldado que obedece sin pensar. Personas comunes enfrentadas a decisiones pequeñas que tienen consecuencias irreversibles.

    Aquí no hay héroes. Hay sobrevivientes.
    Y tampoco hay monstruos míticos: el horror viste uniforme, delantal o toga.

    Brecht construye una obra fragmentaria, precisa y feroz, donde el terror no grita: susurra. Donde la violencia no siempre golpea, pero observa. La obra revela cómo un régimen totalitario se sostiene no solo por la fuerza, sino por la complicidad, el miedo y la costumbre.

    Montable de forma flexible, actual y profundamente política, Terror y miseria del Tercer Reich es una advertencia que atraviesa el tiempo. No habla solo de Alemania. Habla de cualquier sociedad que acepta el silencio como norma y la obediencia como virtud.

    Una obra incómoda. Necesaria.
    Un espejo que aún no deja de devolvernos la mirada.

  • Este no es un libro cómodo.
    El teatro y su doble es una herida abierta.

    Antonin Artaud escribe desde el borde, contra un teatro domesticado, intelectual, obediente al texto y al buen gusto. Para él, el teatro occidental está enfermo porque ha olvidado su origen ritual, su potencia física, su capacidad de actuar sobre el cuerpo antes que sobre la razón.

    Aquí, el teatro es comparado con la peste: una fuerza invisible que desarma el orden social, hace caer las máscaras y obliga a los seres humanos a enfrentarse con lo que esconden. Artaud no busca representar la realidad, sino provocarla. Quiere un teatro que ataque los nervios, que queme el lenguaje, que sacuda al espectador como un cataclismo.

    El texto proclama el nacimiento del Teatro de la Crueldad, una crueldad entendida como necesidad vital, como rigor sin concesiones. Un teatro hecho de gritos, silencios, música, cuerpos en trance, luces violentas y gestos precisos. Un teatro donde el actor no interpreta: encarna.

    Inspirado por rituales orientales, por la alquimia, por la peste, Artaud propone un arte que deje de ser espectáculo y vuelva a ser experiencia. Nada de psicología, nada de literatura muerta. El escenario se transforma en un campo de fuerzas donde se libera lo reprimido y se expone lo imposible.

    Leer El teatro y su doble es entrar en una visión extrema del arte escénico. No ofrece respuestas tranquilizadoras. Ofrece una pregunta feroz:
    ¿y si el teatro aún pudiera cambiar la vida?

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