El Momo no se representa: irrumpe.
Este texto feroz de Antonin Artaud es un grito lanzado desde el fondo del cuerpo, una obra donde el lenguaje deja de ser herramienta y se convierte en herida. Aquí no hay historia que seguir ni personajes que observar a distancia: hay una presencia que arde frente al espectador, una voz que acusa al mundo de haberle robado el alma a través de la razón, la medicina y la moral.
Artaud escribe después del encierro, después del electroshock, después de la humillación. Y escribe con todo lo que queda: saliva, hueso, espasmo, blasfemia. El cuerpo aparece como territorio saqueado, atravesado por instituciones que dicen curar pero que en realidad vacían, mutilan, anulan.
Dios, la psiquiatría, el Estado, la palabra misma son nombrados y escupidos. El texto avanza como una ceremonia oscura donde cada frase es una descarga eléctrica y cada imagen un golpe directo al sistema nervioso del espectador.
No hay consuelo. No hay metáfora tranquilizadora.
Hay carne. Hay furia. Hay lucidez en estado salvaje.
El Momo es teatro llevado a su grado cero: un actor solo frente al público, sosteniendo una lengua rota que se niega a obedecer. Una experiencia escénica que no busca gustar, sino despertar, incomodar y dejar marcas.
Una obra para cuerpos valientes.
Un texto que no se lee: se sobrevive.










