En un edificio de muros verdes y puertas metálicas, donde los cuerpos llegan sin nombre y se van con certificados impecables, la muerte trabaja en horario de oficina.
Ese lugar es 99 La Morgue.
Aquí, la autopsia no es ciencia: es discurso.
La ficha no es verdad: es silencio firmado.
Germán, un joven interno que pinta para no volverse piedra, empuja camillas mientras observa cómo la muerte es administrada con eficiencia y cinismo. A su lado, Fernanda limpia, canta y cree; el Director brinda con champagne y dicta lecciones morales mientras decide qué cadáver merece existir y cuál será borrado.
Pero la morgue no está sola.
La habitan fantasmas: mujeres coloniales encerradas por deseo, próceres paralíticos, madres que buscan a sus hijas, dioses antiguos, vírgenes tutelares y cadáveres que no aceptan la versión oficial de su muerte.
El tiempo se quiebra. Las escenas se repiten como una pesadilla burocrática. Las voces del pasado irrumpen en el presente. El poder se disfraza de médico, de emperador romano, de patriota. La violencia se justifica con palabras técnicas, latín, protocolos y aplausos.
En medio de este engranaje, Germán intenta algo imposible: mirar.
Mirar los cuerpos.
Mirar la historia.
Mirar lo que todos prefieren negar.
99 La Morgue no cuenta un crimen: lo disecciona.
No acusa con consignas: invoca con imágenes, cantos y visiones.
Es una obra donde el teatro se convierte en autopsia del país y el escenario en una fosa común iluminada.
Aquí, la pregunta no es quién murió.
La pregunta es: quién firmó el informe.










