Biblioteca

Obras de teatro listas para montar, estudiar o interpretar — acceso digital inmediato.

  • Una voz atraviesa los siglos. No grita… advierte.

    Desde los templos del antiguo Egipto hasta los cerros de Chile contemporáneo, Las Copas de la Ira despliega un viaje brutal por la historia humana, donde cada época revela la misma herida: la incapacidad de escuchar.

    Un faraón que teme a su propio linaje.
    Un niño que presencia mensajes divinos que anuncian el fin.
    Un marginal que transforma la violencia en destino.
    Un oficial que convierte el horror en rutina.

    Y por sobre todos, un profeta que ha vivido mil vidas… y que sigue hablando, aunque nadie quiera oír.

    Esta obra no ofrece consuelo. No promete redención fácil. Es un espejo oscuro donde la humanidad se reconoce —o decide no hacerlo.

    Con una estructura fragmentada, poética y profundamente política, Ramón Griffero construye una pieza que no narra una historia lineal, sino una acumulación de advertencias. Cada escena es un golpe. Cada personaje, una señal.

    Aquí no hay héroes.
    Solo testigos del derrumbe.

    Y tú, espectador…
    ¿Escucharás esta vez?

  • Una tierra dormida.
    Unos hombres que deciden despertarla.

    “Viva la República” no es solo una obra histórica: es una explosión de ideas, cuerpos y sueños en medio de una colonia que no sabe que está a punto de quebrarse.

    Desde Europa llegan palabras peligrosas: libertad, igualdad, razón. Pero al tocar América, esas palabras cambian. Se ensucian con barro, con sangre, con deseo.

    Tres hombres —un soñador, un ambicioso y un estratega— se atreven a imaginar lo imposible: una república en un mundo donde todo pertenece al rey. No tienen ejército. No tienen poder. Solo tienen una idea… y eso basta para encender el fuego.

    A su alrededor, mujeres que sienten antes de entender. Que observan cómo el mundo tiembla. Que tejen, aman, temen… mientras algo invisible se acerca.

    Pero toda revolución tiene su sombra.

    La traición no llega con estruendo. Llega suave. Cercana. Inevitable.

    Y entonces… todo cae.

    O quizás no.

    Porque en esta obra, la historia no termina: se repite, se mezcla, se sueña. Los muertos siguen hablando. Las ideas no se hunden. Flotan.

    “Viva la República” es teatro vivo, poético y brutal.
    Una obra que no cuenta el pasado… lo hace estallar en el presente.

  • En un rincón olvidado de la ciudad, donde la infancia se pudre antes de florecer, una familia lucha —o se destruye— bajo el peso de su propia sangre.

    Un padre quebrado, una madre que se apaga, dos niños que aprenden demasiado pronto lo que nadie debería saber… y una muerte que lo cambia todo.

    Malacrianza no es solo una obra: es un golpe seco al pecho. Un viaje crudo por la marginalidad, donde el amor se confunde con la violencia y la inocencia se deforma hasta volverse irreconocible.

    A través de escenas fragmentadas, voces que se cruzan y recuerdos que sangran, el espectador entra en un mundo donde no hay refugio. Donde la calle educa, el hambre enseña, y el cuerpo paga.

    Pancho y Girlén no juegan: sobreviven. Cantan en micros, esquivan manos, inventan futuros que nunca llegan. Mientras tanto, el padre —fantasma de sí mismo— se hunde en la culpa, la negación y el deseo más oscuro.

    Pero toda violencia deja huella.
    Y toda herida, tarde o temprano… responde.

    Una obra intensa, incómoda y profundamente humana, que expone sin filtros la fractura de la familia y la crudeza de una realidad que muchos prefieren no mirar.

     
  • Un hombre espera su muerte. Pero no está solo.

    En un corredor que parece suspendido fuera del tiempo, rodeado de silenciosas peceras donde los salmones observan como testigos mudos, un condenado reconstruye su vida mientras el final se acerca inevitable.

    Él fue muchas cosas: amante, escritor, monstruo, niño abandonado. Ahora es solo un cuerpo que respira sus últimos instantes… y una mente que no deja de crear.

    A su lado, un guardián que duda, que se quiebra, que ya no sabe si custodia o acompaña. Y una mujer simple, cotidiana, que limpia el mundo mientras todo se derrumba.

    La realidad comienza a fragmentarse. Los roles se confunden. Sócrates aparece. Gabriela Mistral respira. Los recuerdos se mezclan con fantasías, y la verdad deja de ser una línea clara.

    ¿Qué es un crimen? ¿Qué es la culpa? ¿Dónde termina el cuerpo y comienza la memoria?

    Esta no es una historia sobre la muerte. Es sobre el instante antes. Ese momento suspendido donde todo cobra sentido… o lo pierde para siempre.

    Una obra cruda, poética y perturbadora que enfrenta al espectador con lo más incómodo: la humanidad incluso en lo monstruoso.

  • En medio del desierto más árido del mundo, donde la vida parece un error, se levanta Sebastopol: una ciudad creada por el hombre… y sostenida por el sufrimiento.

    Allí, bajo un sol que no perdona, conviven dos realidades que nunca se tocan realmente. Arriba, la élite extranjera celebra el progreso: té, música, discursos de civilización. Abajo, los obreros se consumen entre vapor, polvo y hambre, soñando con un futuro que parece imposible.

    Luis llega desde el sur con esperanza. Cree que podrá trabajar, ahorrar, volver. Pero la pampa no devuelve nada. Solo transforma.

    Mary Jo, en cambio, parece no pertenecer a ningún tiempo. Habla de ciudades que aún no existen, de televisores, de un futuro que nadie más ve. Dice que no se llama así. Dice que está atrapada.

    Entre ellos nace algo frágil: una conexión que desafía el tiempo, el sistema… y la cordura.

    Mientras tanto, la tensión crece. Los obreros comienzan a organizarse. Exigen lo básico: dignidad, justicia, humanidad. Pero en Sebastopol, pedir es un acto peligroso.

    El sistema no dialoga. Castiga.

    La pampa escucha todo. El viento arrastra voces. El pasado se mezcla con el futuro.

    Y cuando la violencia llega, no deja espacio para la duda: aquí el progreso tiene un precio… y alguien siempre paga.

    Sebastopol es un viaje al corazón de la explotación, pero también al origen de la rebeldía. Una obra donde el tiempo se rompe, el amor es incierto… y la memoria nunca se extingue.

  • Un edificio. Un río. Y vidas que se deslizan lentamente hacia el abismo.

    “Río Abajo” no es solo una obra: es una herida abierta. Un retrato crudo, poético y brutal de una generación atrapada entre la memoria, la pobreza y el deseo de escapar.

    Aquí no hay héroes. Hay sobrevivientes.

    Waldo observa el mundo desde la orilla del río, como si entendiera algo que los demás no. Lorena sueña con amor mientras carga un pasado que la persigue en silencio. Marcia arde en la necesidad de ser vista, de ser elegida, de no desaparecer. Cristián busca ternura en un entorno que castiga la diferencia.

    Y mientras tanto, el edificio late: cuerpos que se cruzan, noches que se confunden, música que anestesia… hasta que la violencia se vuelve inevitable.

    El narcotráfico seduce, la marginalidad aprieta, los vínculos se rompen. Cada personaje toma decisiones que parecen pequeñas… pero que los empujan, sin darse cuenta, hacia un destino común.

    “Río Abajo” es una experiencia sensorial y emocional: un montaje coral donde lo íntimo y lo político se funden. Una obra donde el pasado no está muerto, y el futuro… ya está ocurriendo.

    Porque algunos ríos no llevan agua.

    Llevan vidas.

  • Tres mujeres limpian un teatro vacío. Pero no limpian polvo… limpian lo que queda de sus vidas.

    En el escenario donde otros brillan, ellas barren restos de belleza ajena. Sin embargo, algo se filtra: la ficción comienza a poseerlas. Una canta, otra sueña, otra recuerda lo que nunca fue. Por un instante, dejan de ser invisibles.

    Pero la noche las espera.

    Al salir, la calle no es un tránsito… es una emboscada. Un joven aparece, seduce, promete música, risas, un escape mínimo. La Maritza —fuego sin miedo— acepta. La otra —mirada profunda, casi profética— duda. Pero va. Porque algo le dice que no puede dejarla sola.

    El departamento es una trampa vestida de normalidad.

    Las palabras se vuelven viscosas. Las miradas, hambre. El deseo muta en violencia.

    Entonces ocurre lo inevitable.

    Un cuerpo es invadido. El alma, en cambio, se eleva.

    Y cuando todo parece perdido, cuando la noche revela su verdadera forma —cruel, grotesca, animal—, una de ellas deja de ser víctima.

    Toma un cuchillo. Pero no es un cuchillo.

    Es justicia.
    Es furia.
    Es fe.

    Y lo que sigue no es venganza… es un acto de salvación.

    Las Aseadoras de Ópera no es solo una obra. Es un grito.
    Un choque entre lo sagrado y lo sucio.
    Entre lo que somos… y lo que el mundo intenta romper.

  • Hay veranos que queman la piel… y otros que queman por dentro.

    En un pequeño departamento frente al mar, una mujer observa. No habla mucho, no se expone, no seduce. Mira. Espera. Imagina.

    Abajo, en la playa, el mundo sucede: cuerpos jóvenes, risas, deseo inmediato. Su amiga vive ese mundo sin pudor, devorando noches, hombres y experiencias como si el tiempo no existiera. Pero ella no. Ella habita otro territorio: el del anhelo.

    Cada día, desde su silla, contempla al salvavidas. Fuerte, distante, casi mítico. Él no sabe que existe… pero ella ya ha construido una historia entera entre ambos. Una historia donde él la ve, la elige, la salva.

    Porque a veces amar no es tocar. Es imaginar hasta que duele.

    Entre silencios, fantasías y pequeñas osadías, esta mujer se enfrenta a su mayor enemigo: la certeza de no ser mirada. Y entonces decide hacer algo que lo cambia todo… o al menos, eso cree.

    “La Gorda” es un retrato crudo y delicado sobre el deseo no correspondido, la invisibilidad social y la necesidad brutal de ser amado. Una obra donde lo más importante no ocurre afuera… sino dentro.

    Y ahí es donde realmente arde.

  • Una familia se muda a la casa de sus sueños.
    Pero algo no entra con ellos.

    Un hombre que lo consiguió todo… menos paz.
    Una mujer que perdió más de lo que ganó.
    Un hijo que no cree en el sacrificio.
    Una hija que aún quiere creer.

    Entre cajas, recuerdos y muebles nuevos, se desata una batalla invisible:
    la del origen contra la ambición, la memoria contra el progreso.

    Él construyó su mundo desde la nada—recogiendo lo que otros desechan, viendo valor donde nadie lo ve.
    Pero ahora que tiene dinero, espacio, status… descubre que lo más difícil no es subir.

    Es sostenerse sin romperlo todo.

    Con humor ácido, lenguaje directo y una crudeza profundamente chilena, esta obra revela el precio del ascenso social:
    la familia se convierte en campo de batalla,
    el amor en reproche,
    y el éxito… en una forma silenciosa de soledad.

    Porque no basta con cambiar de casa.
    Hay cosas que no se mudan.

    Y otras… que nunca te sueltan.

  • Un pueblo olvidado.
    Una guerra sin balas.
    Y un enemigo que no dispara… pero devora.

    En lo alto de la montaña, donde antes reinaban las termas y el descanso, ahora solo queda el eco de los vehículos militares y el vacío en los estómagos. No hay armas. No hay héroes. Solo hombres comunes enfrentados a una decisión imposible: resistir… o sobrevivir.

    Cuando todo parece perdido, surge una idea tan incómoda como inevitable.

    No lucharán con fusiles.
    Lucharán con deseo.

    La vieja posada del pueblo se transformará en un cabaret improvisado. Música, cuerpos, sonrisas… una ilusión de placer en medio de la guerra. Los soldados vendrán. Comerán. Beberán. Y quizás, en la intimidad, hablen más de la cuenta.

    Pero cada paso hacia esa estrategia abre una herida.

    ¿Qué vale más: la dignidad o la supervivencia?
    ¿Qué se sacrifica primero: el cuerpo… o la moral?
    ¿Dónde termina el patriotismo y comienza la conveniencia?

    Mientras las esposas “respetables” se convierten en artistas, mientras el hambre dicta nuevas reglas y mientras la guerra se vuelve absurda, el pueblo entero entra en un juego peligroso donde nadie saldrá intacto.

    Porque aquí no hay héroes puros.

    Solo personas.

    Y en tiempos de guerra… eso basta para romperse.

  • Un joven camina por la ciudad como si fuera un templo en ruinas.
    No busca placer. No busca amor. No busca poder.
    Busca pureza. Busca martirio. Busca santidad.

    Andrés no vive la fe: la sangra.
    Se marca el cuerpo. Castiga su deseo. Renuncia al goce. Persigue la perfección como si fuera una herida abierta. En un mundo atravesado por la miseria, la violencia, la represión, la marginalidad y la hipocresía moral, su espiritualidad se transforma en un delirio místico que lo empuja cada vez más lejos de la humanidad.

    A su alrededor, orbitan figuras tan humanas como rotas:
    una abuela fanática, que convierte la religión en control y miedo;
    Esteban, el amigo que ama la vida pero teme al vacío;
    María, la ternura atrapada entre fe y deseo;
    sacerdotes, delincuentes, travestis, clientas, militares, pobres, víctimas y verdugos que construyen un paisaje urbano donde lo sagrado y lo monstruoso conviven sin fronteras.

    La ciudad se vuelve altar.
    La calle se vuelve confesionario.
    El cuerpo se vuelve templo.
    La fe se vuelve enfermedad.

    Éxtasis o La Senda de la Santidad es una obra brutalmente poética que cruza misticismo cristiano, erotismo, violencia social, delirio religioso, represión sexual y crítica política. Un viaje al interior de una mente que confunde salvación con destrucción y pureza con aniquilación.

    Aquí la santidad no es luz.
    Es fiebre.
    Es obsesión.
    Es abismo.

    Una dramaturgia intensa, visceral y simbólica, donde la espiritualidad se convierte en carne, la carne en sacrificio, y el sacrificio en una pregunta sin respuesta:
    ¿qué ocurre cuando alguien intenta ser santo en un mundo enfermo?

  • Un hombre regresa del exilio creyendo que vuelve a casa.
    Pero la casa ya no existe.

    En una buhardilla suspendida sobre una ciudad transformada por el progreso y el olvido, El Gordo y el Flaco enfrenta a dos amigos marcados por una juventud revolucionaria y un presente irreconciliable. Andrés vuelve cargando memoria, culpa y sueños intactos. Esteban se quedó, se adaptó, triunfó. Ambos creen tener razón. Ambos saben que algo se perdió para siempre.

    La obra se despliega como un duelo verbal intenso, lúcido y profundamente humano. No hay héroes ni villanos: hay elecciones. El dinero, la familia, el miedo, la comodidad, la lealtad, el amor y la vergüenza circulan en cada escena como corrientes subterráneas.

    La llegada de una mujer perseguida por razones políticas reactiva la urgencia del pasado y obliga a los personajes a definirse. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad moral? ¿Qué precio tiene la coherencia? ¿Es posible seguir creyendo cuando todo alrededor invita a olvidar?

    Sergio Vodanovic construye un drama íntimo y político, atravesado por humor amargo, recuerdos compartidos y canciones que funcionan como fantasmas del tiempo perdido. La buhardilla se transforma en un campo de batalla simbólico donde se enfrentan la memoria y la amnesia colectiva.

    El Gordo y el Flaco no habla solo del pasado chileno: habla de todos aquellos que alguna vez soñaron con cambiar el mundo y despertaron en uno que ya no reconocen.

  • En una pieza mal iluminada del centro de Santiago, tres vidas chocan como cuchillos sin funda.
    El rucio de los cuchillos nos sumerge en el corazón del bajo mundo chileno de los años sesenta, donde la supervivencia no es una metáfora, sino una rutina.

    Vinizio, recién salido de la cárcel, arrastra un pasado manchado de sangre y un miedo paralizante a volver a caer. La calle lo reconoce, la policía lo persigue y el futuro parece una puerta cerrada. La Guille, prostituta independiente, irónica y ferozmente lúcida, ha aprendido a negociar con la vida sin pedir permiso: vende su cuerpo, pero protege con uñas y dientes su dignidad. El Tolo, su cafiche, vive obsesionado con el poder, el respeto y la posesión, atrapado entre el amor, los celos y la violencia.

    Entre mates, tangos, discusiones y recuerdos, emerge una idea improbable: participar en un concurso de baile. El Teatro Caupolicán se convierte en un sueño frágil, casi absurdo, pero cargado de esperanza. Bailar no es solo moverse: es desafiar al destino, vengarse del desprecio, intentar, aunque sea por una noche, ser otro.

    Luis Rivano escribe con crudeza y poesía popular una obra donde el humor convive con la tragedia, donde los personajes hablan como la calle y piensan como filósofos heridos. El rucio de los cuchillos no juzga: observa. No idealiza: expone. Y en ese gesto honesto, brutal y tierno, nos obliga a mirar de frente una humanidad que rara vez quiere ser vista.

  • En un país suspendido frente a las cámaras, a minutos de un anuncio histórico, algo falta. No es un discurso. No es una orden. Es la Roza.

    Fotosíntesis por “No” la Roza es una obra feroz y visionaria que cruza política, sexualidad, religión y medios de comunicación en una puesta en escena fragmentada y simultánea. Mientras un General ensaya su victoria televisiva, la transmisión se contamina. Un joven quiere ser estrella mirando pornografía. Una mujer sangra y recuerda. Otra gana la lotería y predica la pureza. Un ángel no logra bajar a la tierra. Un niño corre con un objeto que nadie puede recuperar.

    La obra no explica: expone. Los cuerpos hablan antes que las ideas. La televisión se vuelve altar. El sexo, mercancía. La flor, herida. Todo ocurre al mismo tiempo, como un país que no logra ordenar su memoria.

    Ramón Griffero construye un teatro de imágenes, de choque, de poesía violenta, donde la dictadura no se nombra: se filtra. La Roza irrumpe en la pantalla, en el cuerpo, en la historia, desarmando el lenguaje oficial y obligando al espectador a mirar aquello que fue ocultado.

    Una obra indispensable del teatro chileno contemporáneo. Incómoda. Bellísima. Radical. Un ritual escénico donde la vida insiste incluso bajo las bombas.

  • En el interior de un teatro venido a menos, mientras se ensaya una nueva revista musical, Sexy Boom desnuda —con humor feroz y humanidad cruda— la trastienda del espectáculo chileno de los años ochenta.

    Tres bailarinas y su coreógrafo sobreviven entre lentejuelas, música nostálgica y órdenes gritadas. Ensayan, se provocan, se confiesan y se hieren. Aquí el camarín es ring, confesionario y trinchera. El cuerpo es herramienta de trabajo, moneda de cambio y campo de batalla. El arte, una excusa frágil para no hundirse.

    Lalo, el coreógrafo, sueña con el reconocimiento que nunca llegó. Se burla del sistema mientras lo obedece. Las bailarinas cargan historias de hambre, abuso, ambición y deseo de dignidad. Fabiola exige respeto; Rebeca se aferra al pasado glorioso; Soledad, la más joven, comienza a entender que la injusticia no se resuelve sola.

    Entre números musicales, discusiones violentas y risas obscenas, emerge una pregunta incómoda:
    ¿hasta dónde se puede ceder para seguir trabajando?

    Sexy Boom es una comedia amarga, una sátira social y un retrato feroz del poder, la precariedad y la resistencia femenina. Una obra que hace reír mientras aprieta la garganta. El espectáculo continúa, sí… pero el precio es alto.

  • En un edificio de muros verdes y puertas metálicas, donde los cuerpos llegan sin nombre y se van con certificados impecables, la muerte trabaja en horario de oficina.
    Ese lugar es 99 La Morgue.

    Aquí, la autopsia no es ciencia: es discurso.
    La ficha no es verdad: es silencio firmado.

    Germán, un joven interno que pinta para no volverse piedra, empuja camillas mientras observa cómo la muerte es administrada con eficiencia y cinismo. A su lado, Fernanda limpia, canta y cree; el Director brinda con champagne y dicta lecciones morales mientras decide qué cadáver merece existir y cuál será borrado.

    Pero la morgue no está sola.
    La habitan fantasmas: mujeres coloniales encerradas por deseo, próceres paralíticos, madres que buscan a sus hijas, dioses antiguos, vírgenes tutelares y cadáveres que no aceptan la versión oficial de su muerte.

    El tiempo se quiebra. Las escenas se repiten como una pesadilla burocrática. Las voces del pasado irrumpen en el presente. El poder se disfraza de médico, de emperador romano, de patriota. La violencia se justifica con palabras técnicas, latín, protocolos y aplausos.

    En medio de este engranaje, Germán intenta algo imposible: mirar.
    Mirar los cuerpos.
    Mirar la historia.
    Mirar lo que todos prefieren negar.

    99 La Morgue no cuenta un crimen: lo disecciona.
    No acusa con consignas: invoca con imágenes, cantos y visiones.
    Es una obra donde el teatro se convierte en autopsia del país y el escenario en una fosa común iluminada.

    Aquí, la pregunta no es quién murió.
    La pregunta es: quién firmó el informe.

  • En una vieja sala de cine que se cae a pedazos, un grupo de espectadores se aferra a la oscuridad como quien se aferra a la última trinchera. Cinema Utopía es una obra sobre quienes ya no encajan en el mundo, pero tampoco se resignan a abandonarlo.

    Mientras en la pantalla se proyecta la vida de un joven exiliado que sobrevive en los márgenes de Europa, en la platea se revela otra película igual de intensa: la de seres solitarios, rotos, tiernos y peligrosamente humanos. El cine se transforma en un territorio donde los sueños aún respiran, donde la memoria insiste, donde la ficción es más verdadera que la realidad.

    Ramón Griffero construye un teatro profundamente cinematográfico, poético y político, donde los personajes cruzan la frontera entre espectador y protagonista, entre recuerdo y presente, entre vida y representación. Cinema Utopía habla del amor perdido, de la violencia que marca una época, de la fragilidad de los cuerpos y de la obstinada necesidad de creer que algo —aunque sea una imagen proyectada— todavía puede salvarnos.

    Una obra clave del teatro chileno contemporáneo, lúcida y conmovedora, que invita al público a mirarse en la pantalla… y reconocer lo que aún duele, lo que aún arde, lo que todavía no muere.

Go to Top