Tres mujeres limpian un teatro vacío. Pero no limpian polvo… limpian lo que queda de sus vidas.
En el escenario donde otros brillan, ellas barren restos de belleza ajena. Sin embargo, algo se filtra: la ficción comienza a poseerlas. Una canta, otra sueña, otra recuerda lo que nunca fue. Por un instante, dejan de ser invisibles.
Pero la noche las espera.
Al salir, la calle no es un tránsito… es una emboscada. Un joven aparece, seduce, promete música, risas, un escape mínimo. La Maritza —fuego sin miedo— acepta. La otra —mirada profunda, casi profética— duda. Pero va. Porque algo le dice que no puede dejarla sola.
El departamento es una trampa vestida de normalidad.
Las palabras se vuelven viscosas. Las miradas, hambre. El deseo muta en violencia.
Entonces ocurre lo inevitable.
Un cuerpo es invadido. El alma, en cambio, se eleva.
Y cuando todo parece perdido, cuando la noche revela su verdadera forma —cruel, grotesca, animal—, una de ellas deja de ser víctima.
Toma un cuchillo. Pero no es un cuchillo.
Es justicia.
Es furia.
Es fe.
Y lo que sigue no es venganza… es un acto de salvación.
Las Aseadoras de Ópera no es solo una obra. Es un grito.
Un choque entre lo sagrado y lo sucio.
Entre lo que somos… y lo que el mundo intenta romper.



















