En un patio trasero cualquiera, donde cuelga la ropa y se acumulan recuerdos, tres personajes se enfrentan a la noticia más devastadora: la madre ha muerto. Pero el verdadero temblor no proviene del deceso, sino de las palabras que alcanzó a pronunciar antes de partir. Palabras que derriban certezas, que ponen en duda la sangre, la identidad y los lazos más íntimos.
Mamá Muerta nos sumerge en un drama cargado de humor ácido, ternura quebrada y estallidos de dolor. Carlos, el hijo solterón que entregó su vida al cuidado de su madre, se ve obligado a escuchar que quizá nunca fue su hijo. A su lado, Susana, la hermana resentida por el favoritismo materno, lidia con la herida de no haber sido suficientemente querida. Entre ellos, Bertolucci, una joven vinculada a la funeraria, oscila entre lo profesional y lo personal, revelando su propia vulnerabilidad mientras se convierte en testigo incómodo de la intimidad familiar.
Con diálogos que pasan de la risa nerviosa al grito desgarrado, la obra desnuda lo más incómodo de las relaciones familiares: las deudas afectivas, los secretos guardados, las comparaciones hirientes. La muerte, lejos de ser un cierre, abre un abismo: ¿qué es lo que nos une realmente? ¿La sangre, los cuidados, la costumbre, o el amor?
A medio camino entre el drama social y el absurdo existencial, Mamá Muerta es un espejo oscuro que interpela al espectador sobre el peso de la familia y la fragilidad de la identidad. Un teatro intenso, provocador y conmovedor, donde lo trágico y lo grotesco se abrazan en una ceremonia imposible de olvidar.










