“El Paseo de Buster Keaton” es una joya surrealista donde la ternura y la crueldad se tocan con la punta de los dedos. Aquí, Federico García Lorca transforma al icónico actor del cine mudo en un viajero perdido entre juncos, bicicletas imposibles y animales que hablan. No hay realismo: hay poesía viva, imágenes que respiran, símbolos que atraviesan el alma.
Buster inicia su paseo con un gesto brutal —matar a sus hijos con un puñal de madera— que no busca dolor, sino declarar que el mundo que viene no pertenece a la lógica humana. Desde ese instante, el espectador entra en una dimensión donde lo absurdo gobierna, pero lo hace con una belleza inquietante.
El protagonista pedalea por un paisaje que se encoge, se estira y cambia como un sueño. Sus ojos infinitos —feos y bellos al mismo tiempo— ven lo que nadie más ve: pájaros que dialogan, bicicletas sin dimensiones, ciudades de papel, serafines pálidos, señoritas que tocan piano mientras montan en bicicleta, y un otoño que cae del cielo como un conjuro.
Dos figuras femeninas surgen en su travesía:
La Americana, mujer de celuloide, que pide objetos mágicos que él no posee.
La Joven, mitad ruiseñor, que se desmaya al oír su nombre, revelando la potencia melancólica del personaje.
El final llega como un susurro, con policías apareciendo en el horizonte, dejando sensación de fábula inacabada, como si la vida de Keaton fuera un recorrido sin fin entre inocencia y tragedia.
Es una obra breve, intensa, visual y profundamente poética. Una pieza para quienes aman el teatro como arte de imágenes, sensaciones y símbolos.










