Nápoles, siglo XIV. Una corte decadente se deslumbra con banquetes y torneos mientras el reino se desangra entre bandos rivales. En ese escenario irrumpe Andrés de Hungría, un príncipe criado en la rudeza del norte que llega portando una bula papal: será coronado Rey antes de tiempo. Su ideal es simple y temerario: extirpar la corrupción, aligerar los impuestos y rescatar el honor de la corona.
Pero la gloria tiene un precio. Su esposa, la joven Juana, está acostumbrada a que los aduladores conviertan cada capricho en ley. A su lado conspiran la seductora Catalina de Bizancio—tía y tutora—y el apuesto Luis de Tarento, un primo cuyo encanto amenaza la estabilidad del trono. Para completar el laberinto moral, Andrés confía el gobierno al incorruptible Nicolás Acciayoli, sin prever que su devoción por la virtuosa Francisca—la hija del ministro—encenderá rumores, celos y traiciones.
Entre decretos severos, bailes fastuosos y carteles infamantes que se clavan de noche en los muros del palacio, la tensión escala vertiginosamente. El ejército duda, el pueblo murmura y la Iglesia observa. Cada acto ofrece un duelo distinto: deber contra pasión, patria contra sangre, verdad contra apariencias.
Bajo el fulgor mediterráneo, Juana de Nápoles disecciona los engranajes del poder: la manipulación política, la violencia de género en la realeza, y la fragilidad de los lazos familiares cuando la ambición los tensa hasta el límite. Con versos vibrantes y escenas de alta intriga, la obra nos invita a preguntar: ¿Qué ocurre cuando el reformador se convierte en objetivo y el amor se usa como moneda para comprar coronas?
Prepárese el espectador: en este drama histórico nadie sale ileso de la corte napolitana.









