“Baal” es una tempestad humana hecha carne. Un poeta salvaje que convierte su vida en su obra, sin pedir permiso al cielo ni al infierno. Mientras los demás escriben sobre la vida, él la bebe, la rompe, la canta.
Baal habita buhardillas, tabernas y camas ajenas. Ama a las mujeres con la misma violencia con que desprecia la moral. Habla con mendigos, con curas, con carreteros, con árboles; y en cada encuentro se reconoce un poco más animal, un poco más dios.
Su genio fascina y asusta: los burgueses lo invitan a sus salones para adorarlo y terminan huyendo de su brutal honestidad. Las mujeres lo buscan, lo siguen, se hunden con él. Su mejor amigo, su doble —Ekart— lo acompaña en un viaje donde el arte, la lujuria y la destrucción se confunden.
Brecht, con un lenguaje poético y salvaje, pinta al artista como un cuerpo sin redención. “Baal” no es un drama convencional, sino un canto primitivo al exceso, a la libertad absoluta y al abismo que la acompaña.
Es una tragedia vitalista, una celebración oscura de lo que arde en cada ser que se niega a vivir a medias.










