En un rincón humilde de un pueblo andaluz vive Irene, una niña que riega una simple maceta de albahaca como si fuera un pequeño universo secreto. Del otro lado de la calle, encerrado entre lujos y protocolos, un joven Príncipe contempla el mundo con una mezcla de aburrimiento y curiosidad infantil. Dos miradas que jamás deberían cruzarse, y sin embargo se rozan un amanecer cualquiera, cuando ambos se asoman a sus ventanas.
El Príncipe, fascinado por la frescura de Irene, le pregunta por las hojas de su planta; ella, entre canción y timidez, le responde con un acertijo tan antiguo como el amor: “¿Cuántas estrellitas tiene el cielo?”. Ese juego inocente desata en él una inquietud desconocida, tierna y torpe. El muchacho, acostumbrado a que todo se le resuelva, descubre que hay preguntas que ninguna corona puede contestar.
Desde entonces, cada mañana el Príncipe busca a Irene: disfrazado de vendedor de uvas, inventando diálogos, atrapado entre su inocencia y su deseo de impresionarla. Ella, divertida, desconcertada, dulce y punzante a la vez, lo confunde a cada paso con su forma de mirar el mundo. Entre canciones, bromas y lágrimas cómicas, ambos se van acercando sin darse cuenta a ese punto exacto donde la infancia empieza a transformarse.
Pero el amor, incluso en los cuentos, tiene espinas: un malentendido, una vergüenza, un silencio a tiempo, y el corazón del Príncipe cae en una melancolía que contagia todo el palacio. Los Sabios se alarman, los Pajes se desesperan y la corte entera busca una cura para un mal que, quizá, solo pueda resolverse con un gesto inesperado.
Un cuento que mezcla humor, poesía y tradición popular, donde lo pequeño ilumina lo grande, y donde el amor se revela como un duende escondido en los rincones más sencillos del alma.










