La plaga vista por William Blake (Especial).

En tiempos en que se debería avecinar una nueva era de iluminación para la humanidad, el trabajo de Blake nos recuerda que el infierno está en nosotros.

 

Una noche, William regresó de la Tierra de los Sueños antes de lo esperado. Se asomó por la ventana e, incrédulo, se frotó los ojos para ver si lo que veía era verdad o seguía en su mundo onírico. Pero, al menos para él, era verdad: ahí, en el jardín, sucedía algo extraño. Encima del pétalo de una rosa, docenas de insectos se arremolinaban. Pero no eran insectos en realidad: eran hadas que volaban suavemente alrededor de algo. De pronto, el círculo se abrió y pudo ver lo que las pequeñas damas, a su vez, observaban. Ahí, sobre la corola, un hada yacía muerta. El más pequeño de los Blake estaba presenciando el funeral de un ser fantástico.

Para William Blake, eso no era extraño ni sobrecogedor. Cuando tenía cuatro años de edad se le había aparecido Dios Padre por esa misma ventana y le había dicho que tenía un don y era su deber utilizarlo. Así comenzó su interés por la teología, por las verdades del espíritu y la mística. Más tarde, aprendería a conversar con los espíritus de Wilton y de Voltaire, quienes le ayudarían en su labor creativa. Hijo de un mercero (persona que comercia con artículos de costura), William nació el 28 de noviembre de 1757 en Londres, ciudad en la que vivió la mayor parte de su vida. Tras sus primeros pasajes visionarios, a la edad de 12 años Blake comenzó a escribir poesía y conformó su primera obra impresa, Esbozos poéticos, con los poemas de su juventud, en los que se apreciaba lo que sería su estilo posterior. A los 14 años decidió convertirse en aprendiz de un grabador, sin saber que siglos después habría mucha gente que lo consideraría un ilustrador antes que un poeta.

En sus ratos de ocio, Blake leía con entusiasmo. Entre sus principales influencias se encontraban los místicos Jakob Boehme y Emanuel Swedenborg. En 1784 abrió una imprenta y aunque fracasó al cabo de unos años, continuó ganándose la vida como grabador e ilustrador. Dos años antes se había casado con Catalina Boucher, una hermosa joven que no solo consiguió sacar a flote el carácter bondadoso y tierno de William, sino que también se convirtió en su pupila: Blake se dio a la tarea de perfeccionar el bagaje cultural de su mujer, enseñándole además el arte del grabado y las técnicas del color. Catalina aprendió tan bien que más tarde se dedicaría a ilustrar junto con su marido, y aunque con frecuencia el poeta se la pasaba divagando o conversando con seres invisibles, su esposa estuvo unida a él y a sus ideales hasta el día en que Blake murió.

Desentrañando el alma humana

En 1794, William publicó Canciones de experiencia, una obra que adornó con sus propias imágenes. No se sabe a ciencia cierta el método que utilizaba para estampar su obra. La explicación más lógica es que primero escribía el texto y después realizaba los dibujos de cada poema sobre una plancha de cobre, usando algún líquido insensible al ácido, por lo cual quedaban en relieve cuando se aplicaba. Entonces, le daba una capa de tinta de color, lo estampaba y retocaba los dibujos a mano con acuarela.

Más adelante, Blake uniría la inocencia con la experiencia, “los dos estados opuestos del alma humana”, en “El cordero” y “El tigre”, dos poemas en los que se descubre por primera vez su idea de que la verdadera inocencia resulta imposible sin la experiencia, transformada por la fuerza creativa de la imaginación humana.

A partir de 1789 comenzó a desarrollar lo que quizá sea su obra más conocida: Los libros proféticos, de donde se desprenden “El matrimonio del cielo y el infierno” y los “Proverbios del infierno”. Sus versos libres, sin métrica ni argumentos, se pueden apreciar, por su parte, en “Jerusalén”.

Blake creía que el infierno real se encontraba en el interior de la mente humana, casi siempre llena de los peores horrores creados por el ser mismo, a la vez que existía otro infierno en la energía vital, la fuente del deseo y la creatividad relacionadas con la experiencia de vida.

Visiones y pesadillas: el arte de Blake

A los 10 años de edad, William entró en la academia de dibujo de Henry Pars en Londres. Siendo joven trabajó una temporada con el falsificador William Wynne Ryland, experiencia que le hizo comprender que el arte tenía que ver, por una parte, con el consumismo y la presunción, mientras que por la otra se relacionaba con los bienes inmateriales de toda persona, como la libertad, el placer, la contemplación y el sentido de haber nacido.

Por eso, en su obra personal siempre tomó una postura alejada de las escuelas y de la sociedad burguesa que pide a gritos una novedad que rápidamente desecha.

Durante la década de 1780, Blake comenzó a utilizar, se cree, ese líquido resistente al ácido en sus grabados, lo que le permitió dibujar y colorear directamente sobre las planchas de cobre, sin necesidad de emplear el buril ni verse obligado a repetir el diseño original. La innovación era esencial para él.

Las puertas de la percepción

William Blake creó personajes de su propia mitología para los poemas “La revolución francesa”, “América, una profecía” y “Visiones de las hijas de Albión”. Además de la poesía, también experimentó con la sátira, publicando Una isla en la luna, en 1784. En cuanto a su pintura, la mayor parte de su obra se centró en temas religiosos: ilustraciones para la obra de John Milton, su poeta favorito; para El viaje del peregrino de John Bunyan, y para la Biblia, además de las 21 ilustraciones que hizo para el Libro de Job. Entre sus ilustraciones de temas paganos se encuentran las que llevó a cabo para la edición de los poemas de Thomas Gray y las 537 acuarelas para Ideas nocturnas, de Edward Young, de las que sólo fueron publicadas 43.

“Si las puertas de la percepción se purificasen, cada cosa aparecería al hombre como es: infinita”, escribió William Blake sin saber que dos siglos después un fulano llamado Jim Morrison le pondría a su famosísimo grupo de rock el nombre de The Doors debido a ese fragmento.

Y es probable que el 12 de agosto de 1827, Blake tampoco haya sabido con antelación que estaba a punto de abrir una nueva puerta que ya no tendría acceso de vuelta. Sin embargo, El Loco —como lo llamaban sus contemporáneos— seguramente supo, después de su muerte, si en verdad existía un cielo y un infierno como los que había descrito en vida. Luego de coexistir en la Tierra de los Sueños, finalmente había llegado a la otra orilla.

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