“Matar. Matar al uno, matar al otro, matar al pelaíto, matar al marrano, matar el tiempo, matar la palabra, matar; el acto nos define como sociedad, matar lamentablemente se convirtió en nuestro verbo. Lo que no hemos entendido aún es que matar, es matarse. No hemos entendido aún que por cada disparo que atraviesa la existencia de ese pelaíto hay un roto en la existencia de todos los que lo amaban, porque a ese pelaíto había gente que lo quería, gente que lo reclamaba, gente que lo sufría y lo extrañaba. Porque un muerto no es sólo un cuerpo, un muerto son muchos otros. Es por eso que Wílfer quiere que el mundo sepa que ese niño malo tenía espíritu, que ese niño malo había amado, que ese niño malo había reído, que ese niño tenía conciencia y por eso estaba agobiado, porque reconocía el peso de sus pecados. La humanidad le había fallado”.

Las anteriores son algunas de las líneas escritas por Laura Mora para el prólogo del libro ‘El pelaíto que no duró nada’, del cineasta y poeta colombiano Víctor Gaviria. La Editorial Planeta reeditó este relato de horror y ternura en conmemoración de sus 30 años.

La Agencia Anadolu habló con Gaviria sobre cómo la literatura y el cine funcionan como un medio de reconocimiento y confrontación en Colombia.

¿Cuál es el origen de este libro?

Pues hermano, después de ‘Rodrigo D. No futuro’ yo estaba buscando otra historia. Estaba muy convencido de que debía continuar con este tipo de narrativas de barrio y entonces, en el año 1988, asesinaron a Jeyson Gallego, uno de los pelaos que actuó en Rodrigo D.

Subí al velorio -que en esa época se hacía en las casas- para despedirme de él y ahí se me apareció Tyron Gallego (Wílfer en el libro), el hermano mayor de Jeyson. Un tipo muy simpático que me decía que todo lo de su hermanito era también de él. Eso lo hizo Tyron con un ritual que me sorprendió mucho porque en esta situación tan triste, con un pelao de 17 años y medio estando ahí en la caja, Tyron empezó a decirle a Jeyson: “¡acuérdese que usted me prometió que todo lo suyo era mío!, que usted me iba a dejar desde la ropa hasta las amistades”. Ahí hicimos la conexión con Tyron y quedamos con el compromiso -frente a Jeyson- de que íbamos a ser amigos y a seguir con el trabajo de pensar en situaciones y películas posteriores.

Esos pelaos para mí representan una voz muy importante de Medellín. Así fue que Tyron, con mucho cariño, comenzó a contarme cosas de su hermanito, de sus historias de amor y de otras historias terribles como cuando unos vecinos pusieron a Jeyson a matar a un ladrón de barrio que se llamaba Lalo.

Hablamos tanto que empecé a tomar nota y a grabarlo. Le preguntaba y tomaba notas, y con las preguntas que le hacía para llenar los vacíos cronológicos tuve completa la historia. Posteriormente, la edité, le di una vuelta y otra, la revisamos con Tyron porque este es un libro a dos manos, y terminamos el texto final. Imagínate que en esa época, como estábamos tan desparchados, también grabamos un cortometraje que se llamaba ‘El Paseo’ y ahí Tyron fue actor.

¿Y cómo se publicó el libro por primera vez?

Tras el estreno de Rodrigo D en 1990, y su presentación en Cannes, algún día me crucé con Juan Luis Mejía, que en ese entonces trabajaba para Editorial Planeta. Él me dijo: “Quiubo hermano, ¿no tiene nada escrito sobre Rodrigo D para que publiquemos?”. Yo le respondí que tenía un guion literario del cual se iba a desprender otra película que sería la continuación de ‘Rodrigo D. No futuro’, que si quería yo se lo pasaba.

El guion ya tenía por título: ‘El pelaíto que no duró nada’, porque me parecía que rimaba con ‘No nacimos pa’ semilla’, libro de Alonso Salazar, fundamental para entender el génesis de la violencia urbana en Medellín durante los años ochenta. Es decir, era la misma realidad del no futuro.

Juan Luis se emocionó y yo le pasé ese relato corto. De ahí surgió la posibilidad de sacarlo. En su momento, eso se publicó sin escrúpulos míos, en el sentido que sabía que no era un texto literario, aunque yo sí tenía la idea de que era un documento que, incluso, llenaba algunos vacíos dejados por ‘No nacimos pa’ semilla’.

En el prólogo del libro, Laura Mora dice que “probar finura” es el acto en el que la masculinidad es medida, pero también es un suceso donde se exponen las profundas grietas de los pelaítos…

Esa es una expresión que lo sorprende a uno, en principio, porque “probar finura” en ese mundo de la delincuencia tiene unas consecuencias muy fuertes. Me parece muy bien el análisis que hace Laura, porque dicho acto es el resultado de un machismo que los empujaba al sacrificio y a situaciones riesgosas.

Cuando hice el documental ‘Yo te tumbo, tú me tumbas’ empecé a darme cuenta de que eso de “probar finura” era algo que condenaba a lo pelaítos a morir muy jóvenes. Cómo sería el aislamiento de estos muchachos, que en 1987 y 88 las voces de los malandros del Cartel de Medellín se impusieron sobre ellos como un peso paternal que les indicaba el camino.

Cómo sería de honda y abrumadora la exclusión de esta juventud que entendió lo de “probar finura” como una forma de estar en el mundo, algo en sí mismo muy infantil e ingenuo en este circuito social. No sé por qué ellos, en un momento, escogían ese rumbo de ser guerreros si sabían que los llevaba a una muerte prematura.

Con su cine, con su poesía, ¿usted se entiende como una especie de traductor entre “los olvidados” y “los privilegiados”?

Sí, la verdad es que sí. El cine se convierte en un interlocutor de todo tipo, de experiencias sociales, de humanidad. Mirá que Luis Buñuel lo hizo en 1950, y todo ese neorrealismo italiano también lo había expresado entre 1945 y 1950.

Buñuel -con Los Olvidados– es el que nos prepara para saber que el cine va a asumir, digamos, esa función de compasión. Y claro, para nosotros acá en Medellín y en Colombia, en los años ochenta, con toda esa locura, pues el cine, por lo menos para mí, adquirió ese compromiso.

En este contexto, soy un traductor por la esencia ontológica de mi cine: un relato donde se confrontan los distintos puntos de vista y que pone de presente la exclusión que alimentó los ejércitos no solo del narcotráfico y sus vendettas, sino también del paramilitarismo que, en convivencia con la Policía, sirvieron para el asesinato de defensores de derechos humanos.

Yo nunca he salido de esos lugares de exclusión porque me parece que el cine tiene que hablar de eso. Hay muchos problemas del país que no se entenderían si no hubiéramos hecho películas como Rodrigo DLa vendedora de rosasSumas y restas La mujer del animal. No se comprenderían ciertas mentalidades de la violencia.

Entretanto, el lenguaje de la calle es otro de los valores en su obra literaria y fílmica. Se escribe y se graba como se habla.

La decisión en Rodrigo D -y por supuesto en El pelaíto y las otras películas- fue la de asumir ese lenguaje -hoy conocido como parlache- y no traducirlo. Aceptarlo como tal y presentarlo como tal. Esta forma de expresarse es una creación de todos esos muchachos que han vivido en la academia de la lengua de la delincuencia que, en esta región, es la cárcel de Bellavista.

Son las palabras de aludir a la vida. Es muy fuerte y no habría otra manera de entenderlos si no fuera a través de este dialecto.

María Emma Mejía, que era la directora de Focine (Compañía para el Fomento Cinematográfico) nos aconsejaba que en Rodrigo D tradujéramos esas palabras porque, según ella, lo que iban a hacer era alejar a un posible público futuro. ¡Pero es que, hermano, ese lenguaje es la película, es el libro!

Otra vez me encontré con Juan Manuel Roca, el importante poeta, y él me reprochó el lenguaje del libro porque era muy repetitivo, reiterativo, una suerte de lenguaje automático, una degradación de lo que podía ser la literatura, una escoria del lenguaje.

Le dije que no me parecía que en ello había pobreza del lenguaje. Por el contrario, en esa jerga estaba el alma de esos muchachos, el espíritu de esos pelaos. Está la mentalidad de la exclusión. Yo no publiqué ‘El pelaíto que no duró nada’ como literatura, sino como documento.

 

 

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