En un país que no es la Tierra —pero se le parece demasiado— el poder se elige entre gritos, apuestas y sonrisas interesadas. En la Luna nos lleva a una república lunar donde la política es un espectáculo y el lenguaje una máscara.
Un feriante nos invita a mirar muñecos que hablan, pero pronto descubrimos que los hilos no son de madera: son humanos. Candidatos intercambiables prometen lo mismo sin saber qué prometen. Ancianos deciden el destino del país entre halagos y cuerpos ofrecidos. El pueblo observa, opina, se contradice… y aplaude.
Cuando el nuevo presidente toma la palabra, algo se quiebra: el discurso ya no significa nada, pero suena convincente. Las palabras se vacían, se deforman, se inflan como globos patrióticos. Nadie entiende, pero todos celebran. La forma ha vencido al contenido.
El gobierno se instala como una opereta: ministros caricaturescos discuten eternamente sin llegar a nada. El azar, las cartas y las finanzas toman el mando. El orden se impone no por justicia, sino por cansancio.
Y cuando alguien se atreve a decir que todo podría ser distinto, el sistema reacciona como siempre: etiqueta, encierra, castiga.
En la Luna no es una obra del pasado. Es un espejo deformante que duele porque funciona. Una comedia que hace reír… hasta que deja de ser graciosa. Huidobro no escribe una sátira: enciende una alarma envuelta en colores, música y risas.










