Hay hombres que creen que el amor puede guardarse intacto como una joya.
Hay hombres que piensan que esperar es una forma de fidelidad.
Y hay hombres que descubren, demasiado tarde, que el tiempo no espera a nadie.
Así que pasen cinco años es un viaje poético, feroz y profundamente humano al corazón del deseo aplazado. Federico García Lorca construye aquí una de sus obras más audaces: un teatro donde los relojes no miden horas, sino pérdidas; donde los personajes no envejecen, se vacían; donde el amor que no se vive se transforma en espectro.
El Joven decide posponer su boda durante cinco años para “hacerlo bien”. Pero mientras espera, el mundo late, la carne arde, la vida ocurre. La mujer amada no se congela en un recuerdo: cambia, despierta, elige. Y cuando él vuelve a extender los brazos, ya no hay nadie dentro del sueño.
Por escena desfilan figuras inolvidables: un Viejo que habla desde el mañana, amigos que encarnan la infancia y la urgencia, una mujer que ama sin ser vista, un niño muerto que no quiere ser enterrado, y un maniquí vestido de novia que canta por lo que nunca fue.
Esta no es una historia de celos ni de traición.
Es una tragedia más profunda: la del hombre que confunde el amor con la espera.
Lorca nos lanza una advertencia poética y brutal:
el tiempo no se guarda, se vive.










