Sally Rooney (Irlanda, 1991), con tan solo dos novelas, se ha afianzado como una de las mejores escritoras de su generación. “Conversations with friends” y “Normal People” han hecho que muchos la conozcan como la Salinger millennial y que su fama sea mundial a raíz del estreno de la serie basada en la historia de amor entre Marianne y Connell.

“Normal People”, protagonizada por Paul Mescal y Daisy EdgarJones, ha sido una de las ficciones que mejor acogida ha tenido por parte de crítica y público en un año en el que hemos necesitado, más que nunca, algo que nos hiciera mantener la esperanza en la dolorosa belleza de las cosas.

Bajo la dirección de Lenny Abrahamson (“La habitación”, 2015) y con la supervisión de la propia Rooney en el guión, la multipremiada novela se ha convertido en una miniserie de doce episodios que es una suerte de Romeo y Julieta y una coming of age en la que la muerte adquiere connotaciones figuradas y se entiende como el vacío que provocan las inseguridades y los miedos que sentimos cuando amamos con todo nuestro ser y a pesar del mismo.

Al enfrentarnos a las poderosas imágenes que dan vida a esta historia de amor épica, caemos en la cuenta de que el motor de la narración se mueve gracias a esos silencios cargados de palabras que no se pronuncian y a esa melancolía que destila todo el conjunto y nos hace sentir que queremos agarrarnos al momento, que no queremos que la vida se nos escape entre los dedos de manera irremediable.

Nos vemos reflejados en la ansiedad y la desolación del quiero y no puedo o del puedo pero no merezco, desde una perspectiva teñida con los cálidos y los ocres de la luz solar sobre una Irlanda o una Italia que son casi como un personaje más en la trama.

Es un auténtico milagro lo bien plasmada que está la prosa de Rooney en la serie y lo bien dibujados que están los roles, desde los principales hasta los secundarios y, aunque por las normas de la viralización, el trailer nos haga creer que es una ficción más de chico conoce a chica, “Normal People” va muchos más allá, y no en lo que cuenta, si no en cómo lo cuenta.

El trabajo de Edgar-Jones y Mescal está tan lleno de matices, que dibujan a la perfección en sus caras la psicología de dos intensos con tendencia a la autodestrucción que se implican en un juego de idas y venidas con el sabor agridulce de esos dramas llamados a perdurar en el tiempo.

La crítica a nuestra sociedad clasista y capitalista sacude contínuamente nuestras conciencias y se trata de una manera tan natural y sutil como las comentadas y explícitas escenas de sexo entre los dos protagonistas.

A esa misma naturalidad se recurre para abordar temas como la ansiedad, la falta de afecto, las batallas que libramos contra nuestra autoestima, las complejidad de las relaciones sexo-afectivas o la estigmatización por pertenecer a una clase social.

Es tan veraz todo lo que vivimos y sentimos viendo “Normal People”, que por momentos creemos estar violando, sin pudor, la intimidad de Marianne y Connell; deseamos formar parte de ese viaje emocional en el que se embarcan los protagonistas a lo largo de los años en los que se convierten en dos adultos que se lamen las heridas que la vida va procurándoles.

“Normal People” es el reflejo de todos esos trenes que hemos cogido o hemos dejado escapar y nos lanza un claro mensaje, el amor es el único bálsamo para sentir que merece la pena seguir adelante.

Ese amor que sentimos por alguien, por un propósito o por un sueño; el que nos humaniza, nos hace sentir maravillosamente normales y nos reconforta cuando podemos poner nombre a nuestras tormentas internas y nos liberamos aceptando nuestras carencias y nuestras tenencias.

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