La cultura del martirio en la extrema izquierda turca se ha cobrado otra vida. Ibrahim Gökçek, el bajista de la conocida banda de folk reivindicativo Grup Yorum, ha muerto este jueves por los estragos causados por una huelga de hambre que mantuvo, de forma intermitente, durante 323 días. Una compañera más murió el mes pasado, en el marco de una protesta contra la fiscalización del conjunto, víctima desde hace años de vetos, redadas y encarcelamiento de sus músicos.

“Me quitaron mi bajo así que, para expresarme, convertí mi propio cuerpo en instrumento“, escribió Gökçek en una carta abierta el cinco de mayo pasado. Ese día finalizó su huelga de hambre e ingresó en el hospital, después de que la banda anunciase que había solicitado a la delegación del Gobierno en Estambul permiso para un concierto. Pero su cuerpo no pudo soportar el haber pasado casi un año, parte de él entre rejas, participando en una huelga que, reconocieron, era hasta las últimas consecuencias.

Antes que Ibrahim Gökçek, de 40 años, había muerto Helin Bölek, el 3 de abril pasado. La cantante, de 28 años, fue arrestada junto con Gökçek a principios de 2019, durante una redada al centro cultural Idil del barrio obrero estambulita de Okmeydani, su lugar de reunión y de ensayo. Según un comunicado de Grup Yorum, al menos 30 miembros del grupo fueron detenidos en esa y otras intervenciones policiales y muchos de sus instrumentos destrozados.

La Fiscalía presentó distintos cargos de “terrorismo” contra los arrestados, algunos de los cuales denunciaron haber sido víctimas de un proceso sin garantías y, por ello, acordaron iniciar una huelga de hambre. Pese a que Bölek fue liberada a finales de 2019, y Gökçek el pasado febrero, ambos por razones médicas, ambos fueron detenidos nuevamente el 11 de marzo para, cuatro días después, ser excarcelados de nuevo. En ningún momento, entonces, plantearon abandonar su huelga de hambre.

Entre sus reivindicaciones estaban “acabar con las redadas policiales”, “quitar Grup Yorum de las listas de perseguidos” y “liberar a todos los miembros y retirar sus cargos”. A la huelga se había sumado Mustafa Koçak, un joven simpatizante que denunciaba haber sido forzado a autoinculparse de participar en el asesinato de un fiscal en 2015, en un atentado reivindicado por el grupo armado de ultraizquierda Partido de Liberación del Pueblo Revolucionario / Frente (DHKP/C). Murió el 24 de abril pasado.

“La miembro de Grup Yorum Helin Bölek ha sido martirizada”, había anunciado el grupo musical en un tuit, el día en que falleció la joven. Así se resaltó la cultura que envuelve la actividad de una banda tan proscrita como adorada durante sus 35 años de vida, con 23 álbumes en la espalda y un puñado de conciertos multitudinarios. Aplaudida por sus letras reivindicativas, a favor de la clase obrera, y perseguida en ocasiones, según las autoridades, por hacer apología de la violencia.

Grup Yorum es hijo de las décadas de los 60 y 70, cuando los movimientos estudiantiles, especialmente aquellos próximos a la izquierda, fueron salvajemente reprimidos por la Policía, las organizaciones clandestinas que operaban a la sombra de la Guerra Fría o los militares golpistas. Miles de jóvenes murieron o desaparecieron; otros se exiliaron. Unos terceros respondieron emprendiendo una actividad armada que ha llegado hasta hoy de la mano del DHKP/C o la misma guerrilla kurdoturca PKK.

El grupo musical nació estrechamente ligado a las memorias de aquellos años, frecuentemente evocadas en sus letras, a su imagen y, también, a las reivindicaciones de sus movimientos. Y lo pagaron. “Durante un largo tiempo, era posible ser encarcelado en Turquía simplemente por escuchar canciones de Grup Yorum, que eran algo así como una llamada al alistamiento para la lucha underground“, señala el investigador Tayfun Guttstadt en un artículo para el digital Al Qantara.

Grup Yorum ha logrado congregar, en un mismo auditorio, a sensibilidades turcas dispares como izquierdistas, nacionalistas y personas de minorías denostadas como la aleví – de raíces chamánicas y chiítas -, o la kurda. Sus conciertos, gratis aunque esporádicos por las reticencias de las autoridades a permitirlos, han llegado a ser masivos, como el que reunió a cerca de un millón de seguidores en Esmirna, en 2015. La receta del éxito contiene buena música folk y eslóganes populistas de calado fácil.

Entre estos mensajes, y en medio de una nueva ofensiva gubernamental contra partidos, entidades y hasta grupos de música de izquierdas o pro kurdos, persiste el de la glorificación del martirio. Este elemento, transversal en las organizaciones armadas regionales yihadistas, kurdas o de extrema izquierda – las huelgas de hambre a muerte han sido, durante años, una herramienta más del DHKP/C – ha vuelto a relucir en este último episodio.

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