Esta es una historia de amor entre un pintor y la infinita gama de colores que tiene la vida.

Hablamos del gran Marc Chagall, genial artista plástico nacido en la actual Bielorrusia que se trasladó a París, Francia a la edad de 23 años, de origen bielorruso, de familia judía lituana.

De carácter alegre, religioso, nostálgico y optimista, realizó pinturas y obras de diversas disciplinas: cerámica, vitral, grabado e ilustración. Es uno de los padres del modernismo, sus obras se encuadran en un abanico de estilos modernos, especialmente surrealismo y cubismo.

Portador de un estilo distintivo y pionero entre los artistas judíos, Chagall pintó temáticas de ensueño arraigadas a su historia personal y el folclore de la Europa del Este.

Situarse delante de un cuadro de Chagall es un acto cargado de “puder ser”. Puede ser que sintamos que nos mimetizamos con la escena, puede ser que levitemos como lo hacen sus figuras fantasmagóricas, puede ser que nos quedemos parados sin sentir nada, puede ser que nos emocionemos a golpe de color. Pueden ser muchas cosas.

Desde los comienzos de su carrera, Marc Chagall desarrolló una iconografía artística distintiva y profundamente personal, con un estilo pictórico entre onírico y folklórico. Y aunque sintió la influencia de la explosión de las estéticas y las filosofías modernistas de la primera mitad del siglo XX, y la curiosidad lo acercó en diversos momentos al fauvismo, al cubismo, al expresionismo y al surrealismo, su imaginería expresiva se mantuvo notablemente coherente y fiel a sus fuentes de inspiración imperecederas: el origen jasídico de su familia; Witebsk, su lugar natal en Bielorrusia; el profundo amor que tuvo tanto por su madre como por su primera esposa Bella, y su primer eufórico encuentro con Francia y la ciudad de París.

Dentro de su repertorio de temas, la idea del amor extasiado –personificado en amantes exaltados y absortos como en Los amantes, de 1959– ocupó un lugar preponderante.

La apuesta permanente por el amor como una emoción triunfante frente a los obstáculos de la vida –en el caso de Chagall, las dos guerras mundiales, una revolución y la muerte de su amada esposa– fue explicada por él mismo:

“A pesar de todos los problemas de nuestro mundo, en mi corazón nunca abandoné el amor en que fui criado o la esperanza del hombre en el amor. En la vida, igual que en la paleta del artista, hay un solo color que da sentido a la vida y al arte, el color del amor”

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