Sus trazos obligan al espectador no solo a ver, sino a interpretar, y en muchos casos a identificarse con los desequilibrios allí expresados. La distancia entre lo que se ve y lo que se lee en los dibujos de Zsaitsits puede ser enorme, de allí la virtud. Hay poesía, hay metáfora visual.

Surge la traza en revuelta contra el papel, en desorden aparente se construye la forma, que aunque humana, habita en el dimorfismo que rápidamente se apropia de la imaginación. El grafito llega con fuerza para definir cuerpos y develar ojos entristecidos que en introspección se vacían.

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