El argentino Néstor García Canclini es uno de los más destacados pensadores invitados a participar del encuentro virtual Conecta 2020 organizado por el Ministerio de Cultura. (FOTO LA NACIÓN / GDA)

Néstor García Canclini, influyente intelectual argentino y Profesor Distinguido en la Universidad Autónoma Metropolitana de México, participó vía zoom en el Encuentro CONECTA, organizado por el Ministerio de Cultura. El autor del clásico “Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad” reflexionó sobre el comportamiento del público de la cultura en tiempos de pandemia y transformación digital.

Oscilamos entre el papel y las pantallas, entre las instituciones y las aplicaciones. Pero en los últimos nueve meses, de ir a librerías, cines, museos, nos dedicamos a husmear el mundo desde una pantalla de computadora. Mundos que se exhiben, bibliotecas que se consultan, festivales en plataformas virtuales y muchas, por no decir todas, clases vía zoom. En estos últimos nueve meses, hemos vivido obligados a mantenernos unidos vía la comunicación digital. Y ahora, cuando las autoridades empiezan a permitir el consumo de cultura, las industrias culturales intentan reaparecer y recuperar el tiempo perdido. ¿Y qué pasa con el público, el lector, el usuario, el consumidor mientras tanto?

Esa ha sido una de las preguntas planteadas en el Encuentro CONECTA 2020 “Públicos digitales: nuevos escenarios para la participación culturales”, espacio de acceso libre que se desarrolla virtualmente hasta el domingo 12 de diciembre con la participación de más de 40 especialistas de 8 países y diversas regiones del Perú. Uno de ellos es Néstor García Canclini, escritor, profesor, antropólogo y crítico cultural argentino, un pensador fundamental para los estudios de la comunicación en América Latina.

Comenzamos a conversar con el intelectual argentino sobre las palabras de moda. Quizás la que más ha sonado en estos últimos tiempos nos la trajo la pandemia: incertidumbre. Ahora empiezan a aparecer otras nuevas, ligadas al retorno a ciertas prácticas de consumo cultural, quizás la más repetida sea hibridez. No hay creador cultural que no apele al concepto de lo híbrido para imaginar un futuro en el que convivan lo virtual con lo presencial. Néstor García Canclini escribió en los años noventa el clásico “Culturas híbridas”, sin imaginar la dimensión que hoy alcanza el concepto.

Culturas híbridas (1990) Un libro clásico dentro de los estudios culturales.

¿Cómo asumimos lo hibrido hoy en día?

Sí, es bastante extraño encontrar usos que vienen a sumarse y recomplejizan el significado de términos que usábamos antes. Ocurre con muchas palabras. Las metáforas viajan, igual que los conceptos. No imaginé muchos otros usos de la palabra incluso antes de la pandemia, como es el caso de los “coches híbridos”, por ejemplo. Hay una especie de recolocación del término que, como dices, con la pandemia han aparecido para hablar de escenificaciones que sumen lo presencial y lo virtual. ¿Por qué esta recurrencia del término? Hoy el concepto nos habla no solo de los más evidente, que vivimos un mundo de mezclas y fusiones, sino de interculturalidad exacerbada. Nos resulta muy difícil vivir con tanta heterogeneidad, y lo vemos en las políticas de rechazo a emigrantes, la convivencia difícil en ciudades de etnias y sectores con formaciones culturales muy diversas. Además, lo hibrido aparece también en el sentido de resolver contradicciones, pérdidas o formas de estar en varios formatos que antes nos parecían irreconciliables. Hoy, cuando usamos en una misma pantalla del Smartphone tantos recursos escritos, visuales y sonoros entremezclados, nos damos cuenta que el cine ha dejado de ser el último arte síntesis.

Estos 9 meses en los que hemos podido relacionarnos con otros solo a través de las pantallas han mostrado también lo superficial que resultan esos encuentros. ¿se puede generar empatía desde lo virtual?

Hay muchas experiencias. Personalmente prefiero y extraño lo presencial, no solo en las relaciones interpersonales sino en las conferencias, aunque tengo colegas del departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, donde trabajo, que ya no quieren volver a lo presencial. O en todo caso, dividir sus clases entre presenciales y virtuales. Y hay muchas razones para eso. No solo que a profesores y alumnos a veces les requiere viajar dos horas para llegar desde su casa a la universidad, (y esas 4 horas las podrían usar de un modo más productivo o recreativo, sin las torpezas de los delirios urbanos), sino que también hay descubrimientos que tienen que ver con cómo nos comportamos ante los otros. Me parece que, como casi todos los comportamientos humanos, los desplazamientos y combinaciones entre lo presencial y lo digital tienen una enorme ambivalencia. Pero hemos descubierto también beneficios en esta virtualidad obligada.

En su libro “Lectores, espectadores e internautas” (2007), usted ya proponía acercarnos a las prácticas de consumo digital, y sacarnos de la cabeza la relación romántica del lector y su relación con el papel para asumirnos también como internautas. ¿Cuánto cree que los últimos 9 meses han acelerado este proceso?

Muchísimo. Cuando escribí ese libro, en el 2006 empezaban a circular las redes sociales, que cambiaron la manera de usar Internet así como toda la vida cotidiana, las maneras de comunicarnos. Mucho de lo que está en ese libro me sigue pareciendo vigente. Me acuerdo que una de sus entradas (tenía forma de semi diccionario) era “Asombro”, algo que estaba desde el origen de la filosofía con Platón. Y ese asombro que hoy sentimos radicalizado por la pandemia, venia ya de la época de las constantes innovaciones tecnológicas. En la primera década del siglo XXI estuvimos muy fascinados con las tecnologías, sus servicios y sus beneficios. En cambio, casi toda la segunda década está hegemonizada por sus peligros: el robo de información, la inducción de comportamientos, la pérdida de nuestra capacidad de ser ciudadanos, de ser electores conscientes al ser reemplazados por algoritmos.

También su libro nos alertaba entre las confusiones entre realidad y simulacro. ¿Esta confusión puede relacionarse a la proliferación de las “fake news”, y su impunidad?

Los llamados “servidores” al mismo tiempo que nos dan información, entretenimiento y conexión global, nos están robando. No podríamos trabajar sin Internet y sin redes, no podríamos estudiar tampoco. Los miedos son constitutivos de la especie humana. ¡Las “fake news” ya existían en Grecia y la Roma antigua! El gran tema ahora no es cómo deshacernos de las “fake news” sino cómo restaurar un Estado regulador y democrático a la vez, que no deje que la irresponsabilidad en el manejo de las noticias nos vuelva no solo descreídos sino indiferentes al mundo.

Los espectadores mantienen la distancia social dentro de las cabinas de plástico mientras ven la obra de teatro 'Protocolo Volpone' presentada por Bendita Trupe durante el brote de la enfermedad por coronavirus en Sao Paulo, Brasil.  (Foto: Amanda Perobelli / Reuters)

En el Perú se ha aprobado que los cines y los teatros puedan abrir con un 40% de aforo. Pero el gran temor de los teatreros es qué sucederá con el público. ¿Usted comparte ese temor?

En México los directivos de las cámaras empresariales han reconocido que desde que se reabrieron las salas, hace poco más de 2 meses, la ocupación de butacas no supera el 3%. Hay un lógico temor, prudencia en muchos, pero no perdida de hábito, me parece. El cine y el teatro han pasado muchas turbulencias y el público siempre ha estado allí. Si se pierden públicos se conquistarán otros. Los jóvenes están volviendo a ir al cine. Es cierto que la cultura dominante de la televisión, los videos y el Internet han modificado comportamientos, pero no desaparecen las etapas anteriores. Por eso sigue habiendo teatro. La pregunta para los creadores culturales no es si va a haber público, sino dónde encontrarlo. Y cómo evitar las inercias de los hábitos. Es muy posible que el público tarde mucho en volver a las salas de cine, al teatro y a los conciertos, inclusive en espacios abiertos, la aprensión es comprensible. Lo que necesitamos son cambios radicales en los modos de interactuar con los públicos que no se han ido, que siguen viviendo en la misma ciudad, usando los recursos digitales de manera más imaginativa, y contrarrestar la tendencia a monetizarlo todo.

Stands de la Feria del Libro de Guadalajara en la ciudad mexicana de Guadalajara, en su ediución de 2018. Foto: Ulises Ruiz / AFP

La Feria Internacional del libro de Lima tuvo un éxito de convocatoria en sus actividades, con 4 millones de usuarios de sus actividades virtuales, pero sus ventas alcanzaron solo el 10% con respecto al año pasado. ¿Cómo hacer estas experiencias virtuales sostenibles económicamente entonces?

Cuando digo monetizar no estoy negando la parte comercial, indispensable, ni la parte de reconocimiento de derechos para los creadores y los actores. En la feria de Guadalajara las cifras son muy distintas con respecto a los años anteriores. Tenía un promedio de 800 mil visitantes cada año, y este año tuvo 20 millones de visitantes virtuales. Desde ese punto de vista mantuvieron calidad, con facilidades para que Siri Hustvedt hablara desde Nueva York, así como otros autores desde Europa, Asia, los países árabes y América Latina por supuesto. Pero el negocio de esa feria, la más importante en español en intercambio de editores y venta de derechos a otras lenguas, cayó notablemente. Anduvo con cifras parecidas a las que hablas en Perú. Y esto nos hace pensar que las distintas partes y modalidades presentes en una feria o un festival van a tener que rearticularse.

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