En Cuba la llamaban Rosamunda; en Madrid y Nueva York, Marta Cinta; pero en su DNI español aparecía como Marta González Saldaña. Seguramente ninguno de estos apelativos le diga nada, pero si hablamos de la anciana mujer que baila apasionadamente El lago de los cisnes desde su silla de ruedas, quizás la protagonista le suene. El vídeo de esta mujer se ha hecho viral esta semana y ha corrido rápido por redes sociales y medios de comunicación, levantando pasiones por la ternura de la imagen.

Detrás de ese pequeño fragmento de vídeo hay una vida de película: un traslado a la Cuba de Fulgencio Batista, la llegada a la cima de la danza neoyorquina, una escuela de ballet en Madrid y una cómica historia de amor en la tercera edad. Todo ello, con un embrollo de fechas que traería de cabeza al mismísimo Sherlock Holmes.

EL ESPAÑOL ha indagado en la vida de Marta González para descubrir qué hay tras esta mujer que, igual que la princesa Odette —reina de los cisnes en el libreto de Tchaikovski—, se transforma con la melodía y comienza a aletear sumergida en un trance que le devuelve a sus días de gloria. Como si su espíritu fuera mucho más joven que el cuerpo que lo encierra, Marta echa a volar como en tiempos pasados, mucho antes de la silla de ruedas, cuando levantaba aplausos en los teatros de medio mundo, cuando la prensa se rendía a su talento o cuando dejaba boquiabiertas a sus jóvenes alumnas con su porte “mayestático”.

Marta nació en Madrid a mediados de los años 20. Su fecha exacta de nacimiento es un misterio, ya que ella nunca dijo su edad y se encargó personalmente de falsearla. “En su DNI la fecha está falsificada. Tú le preguntabas y ella decía que tenía 40 años. En vez de cumplir, ella iba para atrás (risas)”, explica Inmaculada Vilar, directora de la residencia Muro de Alcoy, donde Marta pasó sus últimos años de vida. “Nosotros calculamos que nació alrededor del 1924. Pero en el DNI pone que nació en el 49, y que ahora tendría unos 70 años. Eso es imposible”.

Lo que sí que decía era el lugar donde nació: Madrid. Aunque, nuevamente, su documento de identidad diga otra cosa y sitúe su venida al mundo a 7.400 kilómetros de la capital española, concretamente, en La Habana (Cuba). Aún así, toda la vida habló con acento cubano.

Se sabe, por sus propias historias contadas en la residencia, que siendo muy joven su familia se trasladó a la isla caribeña. Su padre, Nicolás González, era ingeniero y fue contratado para construir líneas de ferrocarril allí. Su estancia en Cuba está documentada por un carné de la Dirección General de Deportes, dependiente del Ministerio de Educación de Cuba.

Este carné acredita el nombramiento de Marta como profesora de ballet en la isla. Está fechado a 3 de mayo de 1968, es decir, después de la revolución cubana. Pero, si se fija detenidamente en la imagen, podrá ver que el año tiene encima una pegatina. Cabe pensar que Marta alteró esa fecha, por razones que se llevó consigo a la tumba.

Este no es el único papel engañoso en cuanto a fechas. En su archivo personal constan varios diplomas que la sitúan en Nueva York en los años 1966 y 1978. Aquí viene el lío. Según un diploma de la Escuela Superior Nicolay Yavorsky de Nueva York que acredita a Marta como prima ballerina (título de excelencia dentro del ballet), en 1966 tenía 19 años. Eso se acerca más a la edad que constaba en su DNI.

Pero esa misma institución documenta que el 3 de junio de 1978, tenía 25 años. Y un tercer diploma fechado tres días después, asegura que tiene 23… Al ver esto uno no puede dejar de imaginarse a Marta riéndose del pobre desgraciado que intenta averiguar su edad real.

Otro documento que la sitúa en Cuba, supuestamente, a sus 18 años, es un recorte de la revista Bohemia, la cabecera más antigua de latinoamérica, caída en desgracia tras la revolución comunista, según explicó la periodista Yoani Sánchez en las páginas del Huffington Post.

Se puede leer: Rosamunda, virtuosa de la danza clásica, que acaba de obtener grandiosos éxitos en Estados Unidos, es una figura sobresaliente en el ballet, una destacada coreógrafa, pues a pesar de su corta edad (18 años) tiene montadas diez obras con coreografía y libretos propios, destacándose entre otros, “tardes vienesas”, “los Gatos del Tío Tom”, “Los Mendigos”, “Presagio”, etc. y “La última Danza”, ballet este que está en tratos para ser adquirido por una compañía europea, que lo incorporará de inmediato a su repertorio.

“Blanca, casi transparente”

Por si la historia fuera poco liosa, aquí viene otro giro. Una exalumna suya asegura que a principios de los años 70 estaba impartiendo clases en Madrid. “Creo que estuve con ella en el año 71”, asegura esta mujer, que prefiere no revelar su identidad, y que atiende a este periódico desde Francia, donde reside actualmente.

“Ella vivía en Madrid, en el barrio de la Estrella [distrito Retiro]. Tenía un estudio de danza en su casa”, explica esta fuente. “Cuando yo era pequeñita también conocí a su madre [Julia Saldaña, según el DNI de Marta]. La madre era bajita y con los ojos rasgados. Marta era una mujer grande para su generación y resultaba impresionante por su porte. Era blanca, casi transparente. No he conocido a una mujer más blanca en mi vida. Y siempre con una actitud muy mayestática”.

Según el relato de esta mujer, Marta impartía clases tanto en su casa como en el colegio Reinado Corazón de Jesús, aún abierto en la calle Waila de Madrid. Hasta el momento, el centro no se ha pronunciado al respecto. “Ella preparaba festivales de fin de año y estuvo muy involucrada con este colegio”. Preguntada por la edad de Marta en aquel entonces, calcula que podía tener cerca de 40 años, pero que es difícil de saber “porque las bailarinas no suelen tener marcas en la cara”.

Cuando la exalumna vio el vídeo viral que motiva esta investigación, no dudó: “Yo la reconocí enseguida. Dije ‘pero si es ella, es Marta…’. Sus brazos y sus manos son los mismos. Esa elegancia, ¿sabes? Cuando era pequeña me parecía muy etérea. Cuando andaba, cuando se movía. También era una mujer con un carácter muy fuerte. No era dura, era exigente, que no es lo mismo”.

“Creo que tenía un lado muy humano. Mirando el pasado con ojos de adulta pienso que quizás hubo algo en su vida que fue doloroso y eso hace que tengas una actitud de mayor protección o cautela respecto a los demás. Yo era una niña, entonces para mi era como un hada… un imposible… un sueño, ella representaba un sueño”.

La mujer al otro lado del teléfono expone a continuación lo que bien podría ser la trama de la película Cisne Negro: “Las personas que se dedican a la danza clásica son gente con mucho carácter y difícil de comprender a veces. Tú no tienes un cuerpo para bailar, tú puedes tener condiciones. Tienes una flexibilidad, una elegancia, un físico, un oído, etc. Pero un cuerpo, como el tuyo o el de cualquiera, no está creado para bailar. Lo tienes que transformar, sobre todo para la danza clásica. Eso hace que desde muy pequeña tengas que habituarte al dolor físico, a una disciplina férrea, a una competencia enorme y sin piedad… todo eso puede acentuar un determinado carácter”.

1º interior B

Además de la escuela de la Estrella y de su colaboración con el mencionado centro educativo, se sabe que Marta tuvo otra escuela en el número 66 de la calle Alfonso XII de Madrid. Así lo acredita un folleto extraído de su archivo personal. “Ballet teatro escuela Cinta de Madrid —reza el folleto— el más moderno centro de capacitación y superación personal”.

Los vecinos más veteranos de este edificio —donde todo cruje por antiguo— no recuerdan haber tenido una escuela de baile en el 1º interior B. El inmueble parece no haber albergado ninguna actividad en años. En la puerta, abierta por última vez vaya usted a saber cuándo, solo hay una etiqueta de una empresa de alarmas.

Un ventanuco en la parte superior del marco permite ver el interior de la estancia. El piso está totalmente vacío y las paredes desnudas. Sin embargo, el suelo de parqué y el generoso espacio sí indican que ahí pudo haber una escuela de baile.

La pista de Marta se diluye durante décadas hasta que los primeros testimonios la sitúan en Alicante viviendo con su marido —o quizás novio, no se sabe si hubo boda— Raúl Fernández Suárez, médico cirujano. “Su marido se puso enfermo, ella era dependiente. Nadie se ocupaba de ellos. Raúl ya sabía que se estaba muriendo y quiso buscarle algún centro. Había plaza en Muro de Alcoy”, explica Inmaculada Vilar, la directora. Por aquellas fechas, Marta ya vivía sentada en una silla de ruedas. “En ese momento las directoras eran las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada. Marta quería mucho a la hermana Maria Luisa, la anterior directora”.

Sus últimos años

En septiembre de 2014 la exbailarina ingresó en la residencia concertada que ha sido su hogar hasta su muerte. Por estar allí, pagaba unos 60 euros diarios. “Tenía muchas confusiones, un deterioro cognitivo importante. No sabemos exactamente si alzheimer. Cuando le entraba así la confusión ya no nos conocía, se mareaba y se ponía nerviosa. Alguna vez se imaginó que estaba en una academia. Tenía sus alucinaciones propias de la enfermedad. Luego tenía ratos que estaba más lúcida”, explica Inmaculada, al cargo de la residencia desde 2015.

“Tenía mucha confusión. Ella no tenía una conversación fluida como tú y yo. Ella perfectamente podía no saber si estaba en Muro, en Alicante o en otro sitio”. Allí, ya viuda, tuvo un amor no correspondido: “Estaba enamoradísima de un señor de la resi (risas). Era muy noviera”. El sujeto en cuestión era “un señor muy templado, muy galán. Pero él no le respondía, solo le seguía la broma”.

“Una vez, hace unos tres años, Marta estuvo a punto de fallecer y nos llamaron del hospital para que avisáramos a los familiares. Claro, les dijimos que no tenía familia, que solo estábamos nosotros. Entonces le dije a este señor: ‘Luis, podrías ir y despedirte’. Total, que cogió el autobús y fue. Le dijo: ‘Venga, Marta. Que si te pones buena nos vamos a ir de aquí’. Bueno le prometió todo”, recuerda Inmaculada con una sonrisa.

Para sorpresa de todos, Marta viviría tres años más. El personal de la residencia, su familia de facto, bromeaba: “Claro, Luis, es que le has prometido el oro y el moro”. Quien sabe si esa promesa fue lo que le dio fuerzas para aguantar. “Ella habrá pensado: ‘¡Uy, con lo que me ha prometido no me voy!’. Ahora tienes que apechugar, Luis”.

En una ocasión, hizo su propia audición dentro de la residencia. “Se montó su película de que iba a montar una escuela ahí dentro. Entonces iba haciendo el casting y seleccionando a las chicas: ‘esta no, que está muy gorda’, ‘esta sí que vale’, ‘a ver, levanta la pierna’… Y así, hacía un casting. Nosotros nos partíamos de la risa. Era muy divertida”.

En junio de 2019 recibió la visita de la plataforma Música Para Despertar, los autores del vídeo viral que demuestra el poder evocador y la capacidad terapéutica de la música, una materia a menudo denostada en los planes de educación. “Está demostrado científicamente que es una de las últimas capacidades que se pueden perder”, explica Pepe Olmedo, director de Música Para Despertar y máximo responsable de la difusión del famoso vídeo.

Marta murió en marzo de este año, probablemente, ajena a la tempestad que caía tras los muros de su residencia y con los recuerdos de una vida de película. El vídeo que ha dado a conocer su figura ha copado titulares en medio mundo y hasta ha inspirado homenajes espontáneos de otros artistas.

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