Un giro completo a un concepto tradicional propone esta obra de la cia. Malamadre Teatro, al imaginar a una estudiante que, frente a la obligación de disertar sobre una heroína de la Patria, elige a su mamá, Cecilia Magni, la comandante Tamara, combatiente del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, asesinada luego de ser hecha prisionera.

La ficción escénica -vehículo válido en la construcción histórica de un país- también agrega un punto de vista de doble vertiente al instalar el relato en una sala de clases, un ambiente educativo y de confianza, además de valorar a una mujer chilena como personaje popular que da la vida por sus ideales, invisibilizada por la historia oficial.

Con las actuaciones de dos destacadas actrices, Mariana Muñoz y Claudia Cabezas, la obra también asume con fuerza dos aristas que complementan la opción anterior: el compromiso político de la frentista y la relación controvertida íntima y familiar de madre e hija.

En este sentido, la producción en formato digital en vivo tiene el cuidado de alejarse de todo tipo de idealización, e incluso, no elude los altibajos en el afecto filial por la sensación de abandono que percibe la muchacha como consecuencia de la radical opción de la combatiente.

Lo documental juega un rol muy importante en este montaje al darle espacio a hechos ocurridos hace cuatro décadas y conectarlos con el presente y un futuro posible, contexto objetivo externo que se enlaza y contrasta con las percepciones de la niña.

“La Compañera”, cuyas autoras son la dramaturga chilena Carla Romero y la actriz argentina Laura Agorreca, tiene la dirección de la primera y el diseño de Belén Abarza (escénico), Guillermo Eisner (sonoro) y Loreto Martínez (gráfico).

Reflexiones y luchas

En el transcurso de los ensayos de la disertación, la hija de Cecilia Magni (interpretada por Mariana Muñoz) y su compañera de curso (a cargo de Claudia Cabezas) escenifican algunos pasajes que se relatan, se encapuchan y leen fragmentos de comunicados reales del FPMR.

La seriedad y fuerza con que asumen esos instantes se torna leve y frágil cuando recuerda a la mamá, lee las cartas que le enviaba desde la clandestinidad o rememora la vida cotidiana que alcanzó a vivir con ella o que deseó tener.

Una etapa valiosa que también abordan es la lucha armada antidictatorial de Cecilia Magni y el FPMR, a través de un repaso eminentemente documental que se plantea en escena con sencillo orgullo y dolor, sin distorsiones de ningún tipo.

Por allí circulan la fundación del Frente, los intentos fallidos previos a la Operación Siglo XX que emboscó al dictador; qué significó enfrentar a 20 agentes armados hasta los dientes que se desplazaban en siete vehículos por el Cajón del Maipo.

A eso se agrega los asesinatos de la represión en venganza por el ataque; la reconstitución del asalto al cuartel en Los Queñes, años después; la aparición del cuerpo de Cecilia Magni en el río como si se hubiese ahogado y la lectura de fragmentos de la autopsia que revela que fue torturada hasta la muerte.

Lo épico y lo cotidiano

Las actrices juegan sus roles a la vista del espectador con recursos simples y alta capacidad de trasformación, a través de gestos corporales expresivos y cotidianos y, especialmente, en las miradas que se cargan de nostalgia, dolor, amor y esperanza.

Lo cotidiano de la vida tiñen las opciones épicas que se abren y en las decisiones que se toman, cuando la obra piensa, a través de Cecilia Magni, en el rol de cientos de mujeres en la lucha revolucionaria antidictatorial y en la maternidad.

Casi siempre semi agachadas en el cuadro digital, las actrices se comprometen con la idea de la mujer libre, junto al hombre libre, para abrir las anchas alamedas, que mencionó Allende en su discurso póstumo; comentan sobre el fallido o incompleto retorno a la democracia y subrayan el presente que se abrió desde el 18 de octubre de 2019.

En la escena con sus manos en primer plano, enmarcadas en ruidos y voces, con el color rojo como presencia múltiple de vida y sacrificio, las estudiantes disertan sobre ellas y los otros, con recuerdos y sensaciones propias e intentos de canto.

Y sin pretender abarcar totalmente el universo que se percibe de la protagonista, la obra dibuja a “La compañera” como un ser que vive en ellas, niñas, jóvenes mujeres que no transforman en llanto el dolor y la rabia, sino en más fuerza y empuje para no dejar de luchar.

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