Por Paula Frederick

La “metrópolis” es una figura que el cine siempre ha buscado explorar. Esa dimensión inabarcable, contenedora de ilusiones, con sus luces exacerbadas y desarrollo vertiginoso. Esa urbe donde se vuelca la naturaleza más salvaje y competitiva del ser humano. Ya lo mostraba Fritz Lang en su Metrópolis de 1927, luego Ridley Scott en el universo creado para Blade Runner. Y así, todas las películas que han indagado en el espacio urbano donde confluye el llamado “sueño americano”. De la mano de Disney y Pixar, Peter Sohn toma esta dimensión que pertenece un poco a todos, y la llena de colores, texturas y formas. Siempre guiado por la creatividad infinita de las películas del estudio, que en cada entrega superan sus propios límites imaginativos y narrativos. Así, la metrópoli de Elemental se transforma en una explosión de geometrías y perspectivas que confunden, marean y a la vez coexisten en un equilibrio propio. Un mundo al que, de una u otra forma, queremos pertenecer.

Elemental es todo lo que el cine infantil debe ser hoy. Inclusión, metáfora, conciencia social, minorías, rescate de la identidad y libertad de expresión. Esto a través de la figura de Ember, única hija de un matrimonio de inmigrantes “fuego” que llega a vivir a la gran metrópolis Elemental, donde también conviven seres de aire, agua y tierra. Los de fuego son lo más discriminados, por lo que Ember y sus padres deben sobrevivir en un entorno desafiante, donde sólo les queda sacar adelante el negocio de barrio familiar. La joven busca heredar lo construido por su familia y, sobre todo, ganar el orgullo y admiración de su padre. Para lograrlo, tiene que sobrellevar un problema: su carácter, iracundo e inflamable. En un episodio de rabia y descontrol conoce a Wade, un joven afable, positivo y sensible. Opuestos que se atraen, a pesar de que el fuego en el cuerpo de ella podría evaporar el agua en el de él. La crónica de un amor anunciado.

A pesar de su deliberado simbolismo y dimensión fantástica, Elemental tiene mucho de realidad. Su historia está inspirada en la del propio Peter Sohn, cuyos padres emigraron a Nueva York desde Corea en los años 70 y abrieron un negocio de comida en el Bronx. Estas huellas personales se cuelan en la narración, dejándose ver a pesar del exceso de estímulos, luces y vértigo. Así, el relato se construye de las partes que conforman el todo de la experiencia migratoria: vicisitudes, dificultades y satisfacciones de vivir en un país ajeno, que se quiere transformar en hogar.

Detrás de la propuesta animada de Sohn, hay un cine que se construye de diversos idiomas, culturas y formas de ver la vida. Como si fuera una torre de babel contemporánea, donde el mayor desafío es hacerse entender y donde los personajes más opuestos aprenden a comunicarse en un lenguaje común. A ratos, puede parecer un mensaje demasiado elemental. Y aunque esté lejos del alma de Soul, de la innovación de Inside Out o la emoción más profunda de joyas como Up y Toy Story, logra entregar con éxito lo que quiere transmitir. Especialmente, el vértigo de enfrentar una metrópolis, que puede ser una comunidad, una gran ciudad o el mundo entero. Esa dimensión que nunca se detiene, que no espera que sus habitantes aprendan lecciones, se adapten, se sequen las lágrimas o tomen notas de lo vivido para poder seguir. Una jungla incansable cuya vitalidad, belleza y humanidad solo puede nacer de la colaboración de sus habitantes.

El fuego de Elemental no está en su ambicioso postulado, en su moraleja predecible o en su alucinante propuesta visual, a la que Pixar ya nos tiene acostumbrados. La llama se mantiene viva gracias a sus dos personajes protagonistas, Ember y Wade. Fuego y agua, pero a la vez dos caras de la misma moneda. Sus interacciones entregan algunos de los momentos más rescatables de la película, cuando reflexionan sobre el miedo y la ignorancia como los causantes de gran parte de los problemas sociales. Al final, su lucha interna es muy similar: dos jóvenes que se debaten entre apegarse a la tradición y perpetuar ese legado o buscar un camino individual, lejos del que fue concebido para ellos. Como en el más clásico de los romances. Al igual que los protagonistas de West Side Story, ese amor que rompe barreras y transforma la esencia del otro, por más cursi que esto pueda sonar.

Como una escenografía de la era dorada de Hollywood, donde las luces encandilan y los escenarios deslumbran, Elemental crea un juego de ilusiones. La inmersión en un mundo antropomórfico e irreal, que acoge bajo su alero historias de inmigración, exclusión, perseverancia y “sueños americanos” por cumplir.  Así, la fantasía se conjuga con la realidad más dura, como si en esa dimensión alternativa se lograra una armonía inalcanzable en la vida real. Una premisa que no sorprende, pero que nunca está de más repasar. Una entrega de Pixar que, probablemente, no pase a la posteridad. Un buen rato asegurado, donde la belleza de las formas y algunos destellos de genialidad permiten salir de la sala con una sonrisa en la cara. Al menos, más luminosos de cuando entramos.

Ficha técnica
Título original: Elemental
Dirección: Peter Sohn
Guion: John Hoberg, Kat Likkel, Brenda Hsueh.
Historia: Peter Sohn, John Hoberg, Kat Likkel, Brenda Hsueh
Música: Thomas Newman
Año: 2023
Duración: 103 minutos
País: Estados Unidos
Distribución: Cinecolor Films
Estreno en salas: 22 de junio

 

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​  Por Paula Frederick La “metrópolis” es una figura que el cine siempre ha buscado explorar. Esa dimensión inabarcable, contenedora de ilusiones, con sus luces exacerbadas y desarrollo vertiginoso. Esa urbe donde se vuelca la naturaleza más salvaje y competitiva del ser humano. Ya lo mostraba Fritz Lang en su Metrópolis de 1927, luego Ridley Scott
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