La fotografía, el montaje y las actuaciones de Emma Watson y de Daniel Brühl: lo mejor de esta obra audiovisual dirigida por el realizador alemán Florian Gallenberger, alguna vez ganador de un Oscar, en la categoría de los cortometrajes (2001). Secuencias ágiles y rápidas, y la permanencia de una intensidad dramática en gran parte del título —pese a la carencia de complejidad y de cierta incoherencia argumentales al comienzo del relato—, se conjugan con el descarnado juicio que hace este crédito, acerca de la complicidad política y judicial de las instituciones nacionales, y de la desidia diplomática por parte de la antigua República Federal germana, hacia el enclave que por décadas dirigió el pederasta Paul Schäfer, en el sur del país.

Dos alemanes que están “perdidos” y enamorados en el Santiago de septiembre de 1973 (se besan y se toman fotos, indiferentes a lo que ha de ocurrir), una cámara con oficio (desplazamientos), la hechura de un encuadre técnicamente admirable (luces, composición, “regla de los tercios”), y la caída por la fuerza y la violencia, del gobierno de la Unidad Popular: elementos audiovisuales que delinean una situación, de inestabilidad y de crisis, donde empero prevalecen el amor y la lealtad.

El respeto de Lena (Emma Watson) hacia el comportamiento temerario de Daniel (Brühl repite su patronímico en el elenco), y la fidelidad ideológica de este último, con la figura y la fallida administración conducida por el Presidente Allende.

Arrestos, deportaciones, torturas, y el brigadista extranjero termina detenido y cautivo en la Sociedad Benefactora Colonia Dignidad, la institución fundada por el prófugo Paul Schäfer, cerca de Parral, en la Séptima Región del Maule, durante el lejano año de 1961. Y en ese paraje de bosques, de humedad y de afanoso trabajo de cara al sol, renacen la pasión y el compromiso, ante la bestialidad, la crueldad y la inhumanidad.

La ambientación: un campo de concentración, rejas eléctricas y armas automáticas ocultas, rodeadas por un entorno natural, de categoría paradisíaca. Belleza y barbarie civilizada se enfrentan. El resto lo hacen la cámara de Gallenberg, que se mueve, recorta, se acerca y se aleja, con una facilidad encomiable, y la interpretación de Watson: dueña de un estilo y prestancia identificables con facilidad, combina esa cualidad suya inherente, con una estructura interpretativa, que le permiten mantener unos rasgos artísticos definidos, en cuanto a los distintos roles que habitualmente aborda.

Como azafata y leal enamorada, o bajo la máscara pasiva de una abnegada sirvienta de las huestes de Schäfer (el actor Michael Nyqvist), mientras recoge y pela papas, patatas, la actriz protagónica mantiene una línea y postura artística. Es ella misma, pero a la vez puede abordar el conjunto de esos rostros y situaciones, con franqueza y credibilidad psicológica, tanto de gestos, como en la forma de encarar diferentes y distintas instancias dramáticas.

Daniel Brühl (1978) confirma que debe ser, mejor dicho que es, el gran actor alemán de su generación. Luchador incansable de la causa revolucionaria, se ve detenido por las traiciones que los infiltrados del nuevo régimen, tenían antaño en las filas socialistas y comunistas. En la cancha del Estadio Santa Laura, se le denuncia como un ciudadano alemán adicto e incondicional, a la derrotada Unidad Popular.

Después, para sobrevivir, y luego de los apremios con electricidad a los que es sometido (el personaje de Brühl), se transforma en ese falso retardado con gracia, sentido de la ironía y del humor y, por qué no decirlo, también maestría.

Colonia Dignidad (Colonia, 2015), tiene bellísimos fotogramas, como cuando Lena se zambulle en uno de esos tantos estanques que en la realidad cruzan y atraviesan los campos arroceros, próximos a la ciudad maulina de Parral.

La cámara le sitúa en un plano cerrado, el verde detrás, el pelo que resplandece, Watson cierra los ojos, y el agua le abre sus fauces y la recibe. Libertad, líquido, sensación audiovisual que traspasa la proyección y el holograma de la tela, donde esas mentiras viven y respiran.

El sol, el calor de ese Maule ficticio en el verano (la locación de la producción original es en Baviera), hacen sudar a la mujer, demudada, ahora, en una trabajadora sometida a rigores y a sudores implacables.

Su “carcelera” le acerca una cubeta de agua, la sed prohibida, a riesgo de sufrir una golpiza, la cabellera brilla, la transpiración, esos detalles que encuadra la cámara, los ojos de Lena, las pupilas se dilatan, y ese conjunto de “significantes”, que se transforman en un concepto de imagen, efecto de agobio, reafirmación de lucha, petitorio físico de esperanza, frente a la crueldad y el horror.

La brutalidad de una secta criminal, en la dinámica de una organización que transitaba entre la religiosidad fanática, y los actos vandálicos propios y vinculantes a los de un ente represor y policial son el sello de «Dignidad».

Pasados los años (recién en la década de 1990, se comenzó a juzgar a la Sociedad Benefactora), y conocida entonces, judicialmente la “verdad procesal” de lo que realmente —y de verificable—, acontecía en la Colonia, cabe preguntarse por la responsabilidad de la poderosa red de protección que hizo posible su permanencia impune en el país, a través de tres gobiernos democráticos, antes de que Augusto Pinochet la convirtiera en un centro clandestino de asesinato, tortura y de reclusión ilegal.

Previo al mandatario de facto, ni los presidentes Jorge Alessandri Rodríguez, ni Eduardo Frei Montalva, ni el mismo Salvador Allende Gossens, emprendieron acciones concretas y objetivas, con el fin de restablecer el imperio del Estado Derecho —vigente en la precaria República de Chile—, sobre las hectáreas de Villa Baviera.

¿Y la diplomacia germana establecida en Santiago, la capital del país? Un parecido diagnóstico de condescendencia delictiva se atestigua al correr de las secuencias: el guión de Torsten Wenzel, y del mismo Florian Gallenberger, resulta lapidario al respecto.

Una estética del cuerpo y de sus movimientos. El lente del realizador se encapricha con los desplazamientos de Watson. El montaje perfecto: planos en constante trance y traslado cinético de las acciones narrativas.

Salvo por el comienzo de la cinta, algo confuso y demasiado “rápido” (un problema de libreto, sin duda), el resto de las secuencias (especialmente las que se desarrollan en el establecimiento y lugar que representan al espacio físico de Colonia Dignidad, en esa realidad diegética), son un lustroso ejemplo de cómo filmar un thriller con aristas y múltiples interpretaciones sociales, políticas, y conductuales: con intensidad dramática, garantizada por lo menos hasta el plano final. Morir con las botas puestas.

El amor que nos consuela, reanima y fortalece, la irracionalidad que jamás quiebra a los espíritus indomables y sedientos de justicia y de libertad. Colonia Dignidad es una película fuerte, y en definitiva, para nada olvidable: el efecto audiovisual que originan las golpizas a Brühl y las condiciones actorales de Watson, se roban los aplausos y la taquilla.

Compartir En: